Historias de fantasmas: ¿me encontré con un fantasma?

Historias de fantasmas: ¿me encontré con un fantasma?

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Desde 1965, hace ya 47 años, me he dedicado a estudiar, analizar y entrevistar personas que hayan sido testigos de un avistamiento OVNI u casos relacionados con el fenómeno. Pero a los 13 años, allá por 1954, en Concepción, de donde soy originario, junto a mis ya fallecidas abuela y madre y, a las 16:00 horas de un día despejado de primavera… vimos cruzar sobre la ciudad un objeto alargado, muy brillante y plateado, en posición diagonal. En su parte trasera se pudo notar un resplandor lila fuerte, en medio del más completo silencio. Diarios y emisoras se solazaron con el caso. Yo, más impactado aun a mis 13 años. Pero antes, cuando tenía 8 años, en el fundo Meñir en Nacimiento, de mi abuelo, donde pasaba las vacaciones de verano, junto a tías y primas, un día al atardecer quedamos paralogizados al ver que en el cielo, se desplazaba una gran bola roja incandescente, y que en determinado punto dio la impresión de que se estrellaba contra algo – la atmósfera.- dividiéndose en múltiples pedazos, que a poco se fueron apagando. Estos dos hechos marcaron mi camino de investigar los fenómenos que ocurren en el cielo, el que no se ha detenido a mis 71 años. Perseverancia y suerte me han ayudado a tener más de dos mil observaciones de ovnis, los más cercanos a 80, 250, 500, 1000 metros. Y los inteligentes foo fighter a 50 y 100 metros, habiendo logrado grabar uno por cinco noches consecutivas, a la misma hora 22:00, como cita extraña, el que se dedicó a apagarse y encenderse, como jugando a las escondidas, ya que cambiaba de lugar en un extenso potrero.

Pero no es este tema del que realmente ahora quiero escribir. Y voy a ello de inmediato.

Corría el año 1966 cuando yo me desempeñaba como Teniente de Carabineros, con el cargo de Secretario de la Fiscalía de Carabineros de esos tiempos – Tribunal Militar –. Muchas noches, para trabajar en paz y silencio, me quedaba en la oficina hasta las dos o tres de la madrugada, en mi oficina. Ésta ubicada en el antiguo edificio de la Prefectura de Llanquihue, en calle Urmeneta 777, Puerto Montt, ahora ya inexistente. Era la forma de concretar más fácilmente los procesos. Por otra parte, en aquellos años yo era un decidido gimnasta en levantamiento de pesas; práctica que me acompañó desde los 15 años. Tenía, por tanto, una fuerza considerable, llegando a levantar 140 a 150 kilos. No por nada me apodaban “el Tarzán Gajardo”. Sin petulancia, esa estructura aun la conservo, aunque ya deteriorada… lamentablemente. Y eso es lógico.

Y así sucedió que, una madrugada de verano, a eso de las 02:15 horas, me encontró en la oficina, sacándole chispas a mi máquina de escribir. De pronto, escuché al otro lado del amplio hall central, que en la oficina del frente, distante unos 6 metros, el tecleo de otra máquina, con su correspondiente ruido de cambio de línea. Pensé que era el Teniente de Intendencia –Contador– Jorge Montero, que también a veces se quedaba laborando hasta tarde. Como éste oficial era bueno para contar chistes, di por finalizada mi jornada. Apagué el cigarro, apagué la luz y cerré la puerta, tras estirarme perezosamente. Quedé en el hall, pero en completo silencio y oscuridad. La oficina de enfrente a oscuras. Acostumbrado a ese ambiente, avancé directo a esa oficina, pensando que me estaba haciendo una broma. Llegué inmediatamente a la puerta y pude tocar un gran candado cerrado. Me pregunté, cómo Montero hizo eso, y giré a mi derecha para dirigirme a mi dormitorio en el segundo piso, donde se accedía por una corta escala con un descanso. Todo esto, repito, en completa oscuridad.

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No bien terminé de girar, cuando sentí la fuerte presión de algo poderoso que me inmovilizó ambos brazos y el tronco. Fue como el abrazo del oso por detrás, Eran como dos tenazas poderosas, que me impidió cualquier movimiento. Este ha sido el instante en que he sufrido el mayor terror en mi vida. Ni antes ni después he experimentado ese pánico, a pesar de las muchas situaciones de peligro por las que tuve que pasar en el desempeño de mis funciones policiales. Ni aun enfrentando armas blancas ni de fuego o puños o patadas. Por eso recuerdo tan vívidamente segundo a segundo lo ocurrido y, que a pesar del dilatado paso de estos años, aun hoy lo siento en la piel y me estremezco.

En ningún momento miré hacia atrás. Sólo quería huir. La silenciosa oscuridad plena era lo único que existía. En otro segundo, escuché algo así como un soplido o suspiro detrás de mí oreja derecha. En medio del terror, atiné a dar fuertes tirones con la parte alta del cuerpo, para zafarme. Sólo el cuarto intento logré desprenderme de aquello. Tenía los pelos erizados desde la nuca hasta la zona sacra. Herencia atávica, me contaron después, así reaccionaba al miedo el hombre prehistórico; igual que la atracción de ver las llamas en una chimenea.

De dos o tres largas zancadas llegué al inicio de la escalera que subí en el aire. Resbalé y caí por el ímpetu en el descanso y tras levantarme de forma inmediata, prácticamente salté al hall del segundo piso, donde estaban los dormitorios de los otros Oficiales. Corrí hacia la pieza, de un golpe abrí la puerta que estaba sin llave y de otro golpe la cerré jadeante. El corazón se me escapaba y respiraba fuerte, como bufando. Encendí la luz y ya más calmado, fui a la pieza del Teniente Montero Iriarte, comprobando que dormía. Lo desperté y encendí la luz y vi que tenía la cara sudorosa y colorada. A gritos aun le increpé por lo que yo creía que era una broma, pero me contestó que él se había acostado como a las 20:00 horas, porque estaba medio resfriado. Me calmé pero corroboré que lo ocurrido caía fuera de lo normal. La madrugada me sorprendió aun despierto. No pude conciliar el sueño, más aun con la luz central y la del velador encendidas… cogí un libro, mas no me pude concentrar en la lectura. Conté miles de veces las tablas blancas del cielo raso y miles más las de las paredes… y así pasaron las horas. Hasta el amanecer.

Al ir a cumplir mis funciones, pasé por la Oficina de Partes, les narré lo ocurrido y los funcionarios estuvieron acordes de que se trataba “de una penadura”, un fantasma, de un funcionario escribiente que, años atrás se había suicidado justo en esa oficina. Además, agregaron que ellos también habían sido testigos de hechos paranormales y fuera de toda lógica: como el tecleo de las máquinas, el golpe de un libro sobre un escritorio no habiendo nadie, posición inclinada de cuadros, etc.

Las historias de fantasmas nos acompañan desde la noche de los tiempos a través del folclore de multitud de culturas. A menudo se les considera una suerte de espíritus u entidades que se manifiestan de un modo perceptible

En la actualidad, algunos parapsicólogos apuntan que durante el transcurso de un encuentro con fantasmas, a veces se producen descensos bruscos de temperatura. Tampoco resulta raro que la experiencia vaya acompañada de movimientos de objetos, algún ruido y fenómenos electrónicos diversos…

Ese mismo día comenté la experiencia anormal al resto de los Oficiales a la hora de almuerzo y varios se descompusieron, reconociendo que también habían experimentado hechos raros, cuando llegaban de noche y cruzaban el hall de la planta baja en dirección hacia sus dormitorios. Pero se cuidaron muy bien de no dar demasiados detalles… para no provocar risas ni mofas. Eso es cuestión de carácter y de personalidad.

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Representación de una yūrei, una especie de fantasma característico del folclore japonés.

Más de 20 años después, ya en retir, en la pantalla de Televisión Nacional de Chile, en un programa sobre hechos paranormales, vi al especialista en estos temas, el señor Andrés Barros Pérez –Cotapos–, de gran prestigio internacional. Pidió que las personas que hayan tenido o experimentado esta clase de hechos se comunicaran con él.  Yo lo hice con un reporte similar a éste. Salió en pantalla y además, el señor Barros, que a la postre se convirtió en un amigo epistolar, me regaló dos libros de su autoría. Publicó el informe en El Mercurio de Valparaíso.

Un detalle que me quedó entre líneas, es que, al momento de la ocurrencia de lo relatado, el aire se heló notablemente. Hasta ser dramático. También, he de reconocer que portaba mi revolver de cargo fiscal a la cintura, pero que en ningún momento traté de sacarlo para defenderme de lo que fuera. Es más: estimo que con el pavor, no atiné a nada más que huir de “aquello”. No tuve tiempo para nada.

Sobre el autor: Raul Eduardo Gajardo LeopoldOficial Jefe de Carabineros de Chile (R)Investigador en terreno desde 1965 del fenómeno OVNIDomiciliado en Angol, IX Region, CHILE.Su labor ha sido difundida por: CNN internacional, Discovery Channel, Natgeo, etc, por ser descubridor de la gran oleada de OVNIS 1999 en la cordillera de Nahuelbuta, Región de la Araucanía, Chile

A través de todos estos años, en mi actividad como ufólogo y de entrevistar a cientos de personas, he comprobado que en muchos casos los testigos han sufrido estas “penaduras”. Algunas sorprendentes. Como yo tuve la experiencia, me es más fácil entender y comprender a estas personas que sólo quieren contar su verdad, desahogándose, vaciar y compartir lo vivido en algún momento. Es como confesarse ante un investigador de extraños fenómenos. Es una lástima, que los llamados “escépticos”, sin saber nada de nada, en vez de sumar conocimiento, se dedican a desprestigiarlos con inútiles argumentos.

Nunca más he tenido otra experiencia igual.

Han transcurrido 48 años desde este suceso, que permanece vívido en mi memoria. Y, aun no me convenzo de que este fenómeno paranormal que se encuadra como fantasma haya tenido una fuerza tan portentosa como lo demostró.

Autor: S8Garcia

Samuel garcia barrajon Escritor, articulista y conferenciante. Desde 2005 investigo acerca de Nibiru y otros misterios. Publico artículos en las revistas “Año/Cero”, “UFO” y “Phenomena Magazine”. He sido entrevistado en más de 50 medios de comunicación entre prensa, radio y televisión. Escribir es una constante en mi carrera. Dirijo y edito la revista digital Investigación y Misterio.

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