NARCOSATANISMO Y SACRIFICIOS HUMANOS

El diablo al servicio del crimen organizado: terroristas y traficantes de drogas que adoran al príncipe del mal.
Manuel Carballal

Algún lugar de Trinidad (Cuba). Después de varios viajes a la isla, mi «madrina», Rosa Sánchez, por fin me permitió tomar fotografías en uno de los rituales de Palo Mayombe, la temida Regla Conga, que ella oficiaría como palera veterana. La única condición, me dijo, es que participase en la celebración como el resto de sus «ahijados». Anteriormente, ya había tenido la oportunidad de examinar las temibles Ngangas o calderos rituales: unos recipientes en los que se recrea el universo energético en el que se mueven los paleros, a través de elementos como vegetales, minerales, restos animales… y en muchos casos humanos, puesto que las Ngangas más poderosas contienen también cráneos humanos previamente robados en los cementerios locales.

A diferencia de las ceremonias oficiadas por otros personajes del mundo mágico afrocubano, como babalaos y santeros, los rituales de Palo Mayombe o Palo Monte son mucho más duros, puesto que incluyen el «rayado» de los aspirantes, rajando con un cuchillo sobre su piel las «marcas» del santo, y los sacrificios de animales para «dar de comer a los santos».

Tras horas de danza y música al ritmo de los tambores sagrados, los orishas (dioses) hacen su aparición, «cabalgando» (poseyendo) a varios de los presentes, que comienzan a moverse frenéticamente. Uno toma una tortuga y le arranca la cabeza de un mordisco para beber su sangre.

Otro agarra una cabra y la decapita de un certero golpe con un machete. Alguien derrama su líquido vital sobre un cuenco de madera y mi «madrina» lo acerca a mis labios. «Bebe, es la sangre del sacrificio», me dice… Su sabor es dulce.

El Palo Mayombe pierde sus raíces en la noche de los tiempos y en lo más profundo de África, el continente en el que nació la humanidad. Es una religión ancestral, dura, telúrica y primitiva, pero también vital y alegre. Sin embargo, el componente sanguinario de sus ceremonias inspira a criminales, psicópatas y charlatanes, que disfrazan su sadismo con las vestiduras del Palo Monte, en muchos casos sustituyendo las tortugas, chivos o gallinas por seres humanos. Y expulsando a los milenarios dioses del panteón Yoruba para ocuparlo con el mismo Diablo…

RITUALES CONTRA LAS BALAS
Siete de enero de 2016. Efectivos de la Policía Metropolitana de Cúcuta (Colombia) rodean una casa. Revisan sus chalecos antibalas, montan las armas y, tras una patada en la puerta, entran en el recinto gritando: «¡Policía!». Tumultos, empujones, más gritos… Los agentes han conseguido sorprender a los delincuentes, que no pueden evitar las detenciones.

Los demonios, espíritus y fuerzas sobrenaturales que, según creen, protegen su guarida, han sucumbido a los fusiles de asalto policiales. Según el agente Jaime Barrera, comandante de la MECUC (Policía Metropolitana de Cúcuta), los sospechosos pertenecían a la banda de La Machorra (Los Paisas), una organización dedicada al narcotráfico y al sicariato (asesinatos por encargo), responsable de las ejecuciones de Daisy Marcela Pineda Romero, Maritza Vera, Nelson de Jesús Chávez y muchos otros. Agentes de la MECUC apresaron a Erick Heller Rojas, alias «Tito», de 24 años, y a Jefferson Andrade, conocido como «Cocoy », de 18, a quienes consideraban los líderes de la organización, así como a varios integrantes de la misma.

En el registro se encontraron armas, drogas y lo que resultó más sorprendente: un altar de brujería.

Los presuntos asesinos a sueldo y narcotraficantes acudían a la magia para protegerse de la ley. Obviamente no les funcionó. En estos momentos, según una nota oficial publicada en la web de la Fiscalía, todos han sido trasladados al Centro Penitenciario de Cúcuta, en Santander, acusados de narcotráfico y asesinato.

A la mañana siguiente, la opinión pública colombiana se desayunaba con el siguiente titular: «Sicarios usaban la brujería para evitar a la Justicia». En las imágenes del altar que la MECUC nos filtró a los medios, distingo a «viejos conocidos»: santos y orishas como María Lionza, el Dr. J. Gregorio Hernández o el negro Felipe, entre otros. Hasta Buda había sido incorporado al altar sincrético de los sicarios. Algo que antes sólo había contemplado en mis viajes por Cuba y Haití. No era la primera vez que el crimen organizado utilizaba la brujería en Cúcuta. En esa misma ciudad y justo un año antes, en enero de 2015, varias jóvenes menores de edad fueron liberadas de una red de trata de blancas que reclutaba a niñas por todo el país, para después obligarlas a prostituirse en la frontera entre Colombia y Venezuela. También en esta ocasión los criminales utilizaban la brujería, tanto para aterrorizar a las menores –fidelizándolas con sus proxenetas– como para protegerse de la policía.

De nuevo no existió tal protección cuando las Fuerzas de Seguridad detuvieron a Fredy Fonseca, alias «el Gordo», y a Luis Sierra, alias «Pipe», líderes de la organización…

TERRORISTAS Y BRUJOS
El 25 de agosto de 2013 caía el jefe del Frente 57 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en la frontera entre Panamá y Colombia. Virgilio Antonio Vidal Mora, alias «Sílver», fallecía durante un bombardeo del Ejército de este último país al campamento del Frente 57. Silver había ingresado en las FARC 30 años antes. Su lucha, que empezó motivada por ideales bienintencionados, evolucionó hacia el narcotráfico, excusándose, como muchos comandantes de las guerrillas colombianas, en que la guerra revolucionaria requiere grandes cantidades de dinero para pagar armas, municiones y explosivos. Así, poco a poco, la ideología marxista del pasado fue desdibujándose, devorada por el verde de la selva, transformando a las FARC en una organización criminal, como las que se proponía combatir cuando nació.

Para los servicios de inteligencia colombianos, Silver terminó por convertirse en uno de los principales responsables del tráfico de armas y drogas de las FARC, vinculado directamente con el cártel mexicano de Sinaloa, con cuyos responsables compartía también una arraigada creencia: quela brujería podía protegerle de las balas. Solo tres meses antes, un grupo de once guerrilleros del Frente 57 de las FARC, encabezados por Alfredo Úsuga, alias «Marlon», abandonaron la lucha armada. Uno de ellos, Breiner, hombre de confianza de Sílver, relató al espionaje colombiano cómo había acompañado a su comandante a la consulta de Maritza Cerdeño, una conocida santera de Aparadó, pueblo natal del dirigente de las FARC, a quien habría introducido en las artes mágicas. Maritza Cerdeño ya había iniciado anteriormente a otros guerrilleros históricos, comoNoel Matta Matta (Efraín Gúzmán «el viejo»), uno de los fundadores de las FARC junto con «Tirofijo» y Miguel Pascuas. Según la confesión de Breiner, Silver «decía que las balas del enemigo no le entraban cuando estaba en combate. Andaba embambado con cadenas de las que le cuelgan unos amuletos. En las noches se retira a su cambuche, en el que nadie entra, hace unas invocaciones y se baña con unas pócimas de hierbas que carga en el morral. No entra ni siquiera Mery, su compañera sentimental (a la que reclutó para las FARC con 12 años). El que lo moleste lo manda fusilar».

Más aún, el arrepentido relató algunas de las historias que circulan entre los guerrilleros y que pretenden certificar los poderes mágicos del comandante Silver, como aquella ocasión en que echó un mal de ojo a «Rigo», otro guerrillero perteneciente al Bloque Iván Ríos de las FARC, con quien había discutido y al que auguró una muerte inminente en presencia de varios camaradas: «Rigo se enfermó; tenía fiebre y alucinaciones, decía que una sombra lo perseguía en las noches. Cierta mañana, unos compañeros lo encontraron muerto dentro de la tienda. Decían que Sílver le dijo a la bruja que se lo llevara».

HABLAN ANTIGUAS GUERRILLERAS
Erika Gabriel, reportera del programa colombiano Testigo Directo, consiguió entrevistar a dos guerrilleras desmovilizadas que vivieron en primera persona los rituales de brujería en los grupos armados de Colombia. Lliliana combatió durante 12 años en la Compañía Guerreros de Sindagua del Ejército de Liberación Nacional (ELN), y Nataly en el Frente 1º de las FARC. Ambas dieron testimonio de cómo algunos mandos de las guerrillas utilizaban a payés, brujos locales de la selva colombiana, para realizar rituales con diferentes objetivos: protegerse del Ejército en los enfrentamientos armados, solucionar problemas de salud que surgen en la selva o incluso obtener los favores sexuales de las camaradas de sus compañías.

El antropólogo Néstor Alejandro Pardo, de la Universidad Nacional de Colombia, ha estudiado a fondo el tema. Autor de varios trabajos sobre la brujería contemporánea en las guerrillas colombianas, recogió el caso de una combatiente que se había incrustado un crucifijo en el hombro y que supuestamente habría recibido treinta balazos antes de caer abatida. Según las investigaciones de Pardo, algunos guerrilleros «rezan al armamento para que sea más efectivo» y acuden a los payés para «hacerse invisibles o invulnerables a las balas de la policía y el ejército».

Antes de entrar en combate, acuden a un brujo local que realiza los rituales de protección, cuando no les enseña a los terroristas cómo hacerlos ellos mismos.

Y así, confiados en la brujería, en una tutela sobrenatural que los hace invulnerables, se lanzan con mayor aplomo y confianza a la lucha. Por ello, cuando sobreviven al combate –en el que sólo la confianza en sí mismos contribuye a su éxito–, refuerzan erróneamente la idea de que el poder de la magia los ha protegido. El problema es que con frecuencia sus asesores mágicos no son más que estafadores que intentan lucrarse de su ignorancia, aumentando el precio de los rituales y argumentando que los dioses requieren sacrificios más costosos. Más animales –algunos exóticos– e incluso seres humanos. Solo así los rituales serán más potentes y los éxitos estarán asegurados. El siguiente paso era predecible. Más allá de religiones lícitas y ancestrales, como la santería o la wicca, los criminales buscan el favor de dioses más poderosos o del mismo Satán.

El artículo completo fue publicado en el nº310 de la revista AÑO CERO

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