SEKHMET Y LA ERA OSCURA DE EGIPTO

El reinado de Amenofis III cubrió casi cuatro décadas de gloria, refinamiento artístico y también oscuridad. Pero existe una laguna de siete años de la que no hay registro de acontecimiento alguno. ¿Fue el azar el causante de este misterioso vacío o quizás estamos ante una de las etapas más sombrías de la historia de Egipto? La proliferación de estatuas de la diosa leona Sekhmet podría tener la clave a tan oscuro secreto.
Nacho Ares

Amenofis III, padre de Amenofis IV –conocido como Akhenatón y llamado el Faraón Hereje por los egiptólogos modernos–, reinó en Egipto entre los años 1386 y 1349 a. C. De esos 38 años de gobierno hay muchos datos de sus campañas militares, relaciones exteriores, construcción de edificios o celebración de festivales religiosos en los que revitalizaba su poder sagrado. Sin embargo, nada sabemos de lo que sucedió entre los años 12 y 19. Ni un solo texto o referencia ayuda a los historiadores a reconstruir lo que ocurrió durante los siete años más oscuros de la historia de Egipto.

Los arqueólogos cuentan con evidencias indirectas que nos hablan de un momento de convulsión generalizada dentro del país, una época desestabilizadora de la que los antiguos sacerdotes no quisieron dejar registro en sus anales para que no quedara constancia de ello en la Historia. ¿En dónde nace el miedo a los siete años perdidos de la historia faraónica?

INVASIONES, TERREMOTOS…
La egiptóloga estadounidense Arielle P. Kozloff (Museo de Arte de Cleveland), reputada experta en la figura de Amenofis III, propone algunas causas para justificar la ausencia total de documentos en este misterioso periodo que, como decimos, abarcó siete años. Debido al carácter mágico de la escritura, gracias al cual lo que se escribía cobraba vida automáticamente, los egipcios nunca dejaban constancia de derrotas militares o de acontecimientos negativos. Nunca encontraremos un texto egipcio que hable de una debacle en el campo de batalla. De ser así, el trasfondo mágico de la escritura haría que ese acontecimiento se repitiera durante toda la eternidad. Así pues, algo terriblemente maléfico debió de suceder en esos años para que no haya llegado hasta nosotros mención alguna a aquellos sucesos.

Kozloff, dejando de lado la existencia de una invasión extranjera, habla en primer lugar de un posible terremoto de consecuencias devastadoras. Sin embargo, los sismólogos han detectado solamente un temblor importante en el año 1211 a. C., es decir, más de un siglo después del reinado de Amenofis III. En aquella ocasión el templo de Karnak sufrió grandes daños provocando seguramente incendios en muchas casas de la ciudad de Tebas.

Descartando esta segunda posibilidad, solamente queda una tercera opción, contrastada por varias fuentes contemporáneas en otros puntos de Oriente Próximo: la peste.

Un texto autobiográfico de Amenhotep Hijo de Hapu, uno de los escribas más destacados de la administración de Amenofis III que tiempo después sería incluso divinizado, nos habla de cómo el faraón le mandó hacer un censo de los sacerdotes que había en el gran templo de Amón, en Karnak, y reponer los cargos que faltaban «después de […] en toda la tierra de Egipto». La laguna del texto es clara. Alguien borró la causa de la desaparición de los sacerdotes, por los motivos mágicos que antes explicábamos. ¿Se está refiriendo Amenhotep Hijo de Hapu a una terrible plaga que, como en la Biblia, consiguió aniquilar a muchos de los sacerdotes del templo de Amón, al igual que en otros centros religiosos de Egipto? Así pudo ser. Una carta enviada por Akhenatón al rey de Babilona, Burna- buriash, menciona la existencia de una terrible epidemia durante el reinado de su padre. Según varios investigadores, ésta podría ser la explicación a la abundancia de estatuas de la diosa Sekhmet durante la segunda mitad del reinado de Amenofis III. La divinidad leonina, transformación belicosa de la dócil Hathor, e hija de Ra y esposa de Ptah, el dios creador de Menfis, era la encarnación de la guerra, pero también la protectora contra las enfermedades y las plagas.

De lo que no cabe duda es de que algo sucedió en Egipto a mediados del siglo XIV antes de nuestra era. De ahí que se fabricaran, casi en serie, de forma muy rápida, cientos de estatuas sedentes de la diosa Sekhmet, al objeto de ser colocadas en diferentes avenidas de templos tanto en la orilla occidental como en la oriental de Tebas.

De casi el doble del tamaño natural, estas estatuas de granito negro de la diosa son superiores en número a todas las estatuas juntas del propio faraón y del resto de divinidades esculpidas durante su reinado. La leona aparece sentada, con más de 2 metros de altura y con un porte severo que nos acerca el misterioso arquetipo divino que se esconde tras la hija de Ra.

Muchas de las esculturas cuentan solamente con el nombre de un pueblo o ciudad que, literalmente, han desaparecido de la faz de la tierra, sin dejar más recuerdo en los anales de la Historia. Sólo los conocemos, precisamente, por esa mención en las estatuas de la diosa Sekhmet.

Si hacemos memoria y buscamos un paralelo igual de dantesco en la historia más reciente, descubrimos algo parecido en la Edad Media, cuando la peste negra arrasó para siempre a miles de poblaciones en toda Europa, casi de la noche a la mañana.

UNA EPIDEMIA TRAS OTRA
Las evidencias son muy escasas, pero aún podemos reconstruir qué es lo que pasó en esos años de la era oscura de Amenofis III. El devastador descenso de la población pudo deberse no sólo a una epidemia, sino a una suma de ellas en el mismo tramo de tiempo. Entre los posibles azotes endémicos que se han propuesto para explicar el vacío, se encuentra, aunque con pocas posibilidades, la malaria. También se ha sugerido la viruela. Tucídides nos habla de la muerte de 1.500 hombres de un ejército de 4.000 soldados en apenas 40 días, en una epidemia de viruela acaecida en el siglo V a. C. en Atenas. Sin embargo, la patología que más posibilidades tiene de ser la causa de la elevadísima mortandad de este periodo es la peste bubónica. Evidencias arqueológicas de su presencia en la ciudad de Akhetatón, la nueva capital levantada por el hijo de Amenofis III en el centro del país, demuestran la presencia de esta enfermedad. Transmitida por las ratas, el bacilo que la genera –Yersinia pestis– se extiende con una inusitada rapidez.

Se calcula que sólo con 20 ratas portadoras de la enfermedad se podría acabar con varios miles de seres humanos.

Precisamente el cambio de capital en el quinto año de reinado de Akhenatón, el abandono de la clásica Tebas, la capital de Amón en favor de una nueva ciudad en medio de la nada en el centro del país, se ha tomado como una de las consecuencias de la peste. De hecho, parece que el Faraón Hereje, además de escapar del todopoderoso clero de Amón, también huía de la enfermedad apostada en el sur del país. Pero hay más datos en favor de esta causa. No deja de ser curioso que Amenofis III trasladara también su vivienda habitual de Tebas de la orilla este, el lugar en donde residían los vivos, a la occidental, el punto en donde estaban las necrópolis y la puerta al más allá. El palacio de Malkata, la nueva residencia de Amenofis III, es todo un unicum en la historia de Egipto. Ningún faraón había levantado un palacio en la orilla de los muertos. ¿En verdad huyó de la peste que avanzaba de forma espeluznante en el lado contrario del Nilo?

Para un buen número de egiptólogos, ésta sería la causa por la que el propio rey levantó junto a su templo funerario enormes avenidas de estatuas de la diosa Sekhmet, a modo de amuletos para proteger los espacios por los que deambulaba el faraón.

Todos estos cambios vienen a confirmarse con un texto de Manetón, un sacerdote egipcio que escribió en el siglo III a. C. una historia de Egipto que ha llegado muy fragmentada hasta nosotros y que nos habla de las plagas sufridas durante el reinado de un rey llamado, sin más, «Amenofis» (Man. Aegyptiaca Fr. 54).

UNIVERSO MÁGICO
Se ha calculado que en las avenidas erigidas por Amenofis III había un total de 730 figuras de la diosa leona. La mitad de ellas estaría dedicada a un día del año y la otra mitad a las correspondientes noches. Como hija de Ra, Sekhmet desempeñó un papel crucial en el mundo mágico-astronómico de los antiguos egipcios. La egiptóloga Betsy Brian (Johns Hopkins University,en Baltimore) ha señalado que la presencia de estas avenidas, al igual que las hay con otras divinidades que podemos encontrar en ambas orillas durante la segunda mitad del reinado de Amenofis III, está reconstruyendo los caminos del cielo reflejados en la Tierra; como si el faraón hubiese querido traer la geografía celeste, con todo su significado mágico, a la Tierra y emplear las avenidas como senderos celestes durante las celebraciones religiosas. En este sentido, el papel de la diosa Sekhmet como divinidad aplacadora de pestes y epidemias era de vital importancia. El clero, identificado con la diosa leona, pasaba por ser una clase elitista de médicos y magos curanderos, a los que se recurría cada vez que un espíritu asolaba las entrañas de una persona. El paso del tiempo y la especulación teológica de los antiguos sacerdotes hizo que Sekhmet adoptara atributos que otras divinidades femeninas habían ostentado antes que ella. El nombre de Gran Maga, un título que siempre había lucido la diosa Isis, pasa en esta época a ser también uno de los atributos más comunes de Sekhmet, con todo lo que ello implicaba.

Para los antiguos egipcios, la magia y fuerza de Sekhmet triunfaron en su lucha contra las adversidades que el destino les había dejado en medio del camino. No registraron nada de lo que sucedió en esos siete años del reinado de Amenofis III y hoy no podemos saber lo que aconteció. La poderosa magia de los sacerdotes de la diosa leona, una vez más, tuvo éxito. No debemos darle más vueltas. Entre los años 12 y 19 del reinado de Amenofis III no hubo nada oscuro; sencillamente, esos años nunca existieron…

La evidencia de la avanzada tecnología en el antiguo Egipto

Es desconcertante para historiadores las hazañas arquitectónicas de los antiguos egipcios. Incluso hoy en día, las mejores mentes de ingeniería del mundo no pueden comprender cómo monumentos como las pirámides se podrían haber construido teniendo en cuenta la tecnología que se supone que ha sido poseída por el pueblo de esta antigua civilización.

Esto ha llevado a la especulación de que los antiguos egipcios estaban en posesión de una tecnología mucho más avanzada que los historiadores nunca han imaginado. Ahora bien, puede haber pruebas de que esta hipótesis es verdadera.

Una de las cosas más desconcertantes acerca de la proeza arquitectónica de los antiguos egipcios es la profunda aversión de su cultura al hierro.

El material fue introducido adecuadamente a los antiguos egipcios en el siglo VII antes de Cristo por los invasores asirios. Debido a las connotaciones del metal, los egipcios llegaron a creer que era un metal imputado, asociado con Seth, el espíritu del mal. El hecho de que los antiguos egipcios se negaran a usar el hierro en sus artes y herramientas ha desconcertado a los historiadores, ya que es evidente que las pirámides deben haber utilizado herramientas muy sólidas y fuertes en su construcción.

Los jeroglíficos son increíblemente preciso. Era como si hubieran sido cortadas por láser, y según muchos esto no está tan lejos de la verdad. La ciencia sólo es capaz de crear una tecnología láser similar.”

Se ha descubierto que las pirámides están construidas a partir de materiales como basalto, granito, cuarcita y diorita, todos los cuales son excepcionalmente difíciles de tallar incluso cuando se utilizan herramientas de hierro. Según los inventarios, los antiguos egipcios estaban utilizando herramientas de bronce que son considerablemente menos resistentes y resistentes que las herramientas de hierro.

¿Cómo lograron crear tales monumentos con las herramientas disponibles?

Por lo tanto, una cuestión debe surgir en cuanto a cómo se las arregló para crear tales monumentos de piedra increíblemente fuerte con las herramientas que tenían a su disposición.

Con los años, los arqueólogos han descubierto una serie de monumentos de Egipto Antiguo incompletos que dan fuertes indicaciones de cómo se formaron. Lo interesante de estos monumentos incompletos es que parecen haber sido forjados con un material mucho más fuerte que el que se presume haber sido poseído por los antiguos egipcios.

Quiénes eran estas personas y cómo se las arreglaron para poner sus manos en tal tecnología excepcionalmente avanzada la cual sigue siendo un misterio.

Lo mismo puede decirse de la corte de la piedra, la tecnología de fundición de piedra. Egipto, según los documentos históricos, se pudo haber utilizado la energía del sol para permitir amplificar enormes lentes, direccionar la luz del sol a un solo punto para fundir los objetos con el fuerte haz de luz.

Por lo que fueron capaces de fundir algunas piedras y elementos de piedra para permitir que queden adheridas a con una precisión increíble.

También es muy interesante pues hay piedras que poseen grandes agujeros, pero estos son precisamente agujeros cortados como si hubieran creado algún tipo de herramienta.

¿Sería posible que los egipcios poseían tecnología fuera de este mundo, recibiendo igualmente de extraterrestres un vasto conocimiento? ¿En esto se basa la tecnología actual?

Mientras que los defensores de la teoría de los antiguos astronautas dice que sí, y mientras que la corriente principal de la arqueología no quiere saber nada de esto debemos tratar de descubrir por nosotros mismos todo este misterio, para algún día conocer la historia verdadera.

Científicos descubren que los restos de un faraón egipcio pertenecen a un gigante

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Un equipo de médicos suizos han identificado en el faraón del Egipto antiguo Sa-Nakht como el primer caso de gigantismo conocido de la historia.

Sa-Nakht, un faraón de la tercera dinastía del antiguo Egipto, puede ser el gigante humano más antiguo conocido, según un nuevo estudio de egiptólogos del Instituto de Medicina Evolutiva de Zúrich, informa el portal revista Live Science. (publicado en RT)

Los mitos antiguos y modernos abundan en historias de gigantes, desde las leyendas nórdicas sobre gigantes de fuego (o muspeli), que residían en un mundo de calor y fuego, hasta los Titanes que lucharon con los dioses en la mitología griega antigua.

Sin embargo, en realidad, los gigantes son más que mitos: el crecimiento acelerado y excesivo puede darse en humanos cuando el cuerpo genera demasiadas hormonas del crecimiento. Cuando esto se da, hablamos de la enfermedad conocida como gigantismo.

Precisamente esta enfermedad, que desembocó en un crecimiento excesivo de sus huesos, era lo que padecía el antiguo faraón egipcio Sa-Nakht, que vivió alrededor del siglo XXVII a.C.

Después de estudiar el esqueleto del monarca, descubierto en 1901 en una tumba cercana a Beit Khallaf, los científicos descubrieron que este alcanzó una altura de 1,98 metros, mientras que aquella época un egipcio promedio medía unos 1,70 metros de altura, según el coautor del estudio, Michael Habicht, de la Universidad de Instituto de Medicina Evolutiva de Zúrich.

Como suele ocurrir con los miembros de la realeza, los faraones del antiguo Egipto estaban mejor alimentados y solían gozar de mejor salud que los plebeyos, por lo que se podía esperar que alcanzaran una mayor altura. Sin embargo, hasta hace poco el faraón más alto conocido era Ramsés II, que vivió más de 1.000 años después de Sa-Nakht, y este medía solo unos 1,75 metros de alto, explicó Habicht.

El estudio concluye que Sa-Nakht probablemente tenía gigantismo, lo que le convierte en el caso más antiguo conocido de esta enfermedad en el mundo, según los investigadores.

Arqueólogos creen haber descubierto la tumba de Ankhesenamun, esposa de Tutankamón

La reina egipcia, casada cuando tenía entre 8 a 10 años de edad, desapareció de improviso de los registros históricos tras su segundo matrimonio.

Publicado en latercera.com: Un grupo de egiptólogos asegura estar cerca de un trascendental descubrimiento relacionado con uno de los personajes más importantes del antiguo egipto: la posibilidad que una nueva tumba encontrada en el Valle de los Reyes haya sido la elegida para el descanso final de la famosa reina egipcia Ankhesenamun, esposa de Tutankamón.

De acuerdo al arqueólogo Zahi Hawass, el hallazgo se produjo tras examinar el sitio entre febrero y mayo pasado, cuando a través de un análisis con radar se descubrió una subestructura que podría ser la entrada de una tumba, y que a su vez fue descubierta gracias cuatro depósitos de fundación y unos orificios en el suelo, los cuales estaban llenos de vasijas de cerámica, restos de alimentos y herramientas, signo inequívoco de la construcción de una tumba en las cercanías. Y aunque por el momento no hay nada confirmado, Hawass asegura que su propietario podría haber sido Ankhesenamun.

“Estamos seguros que hay una tumba allí, pero no sabemos a quién pertenece”, afirmó Hawass. “Los antiguos egipcios usualmente hacían cuatro o cinco depósitos de fundación cada vez que comenzaban la construcción de una tumba”, agregó.

Para el experto, una de las eminencias de la egiptología a nivel mundial, esta idea se basa en que el nuevo sitio se encuentra en una ubicación cercana a la tumba del faraón Ay, que estuvo estado casado brevemente con Ankhesenamun y sucedió en el trono a Tutankamón. Esta teoría sin embargo, es cuestionada por algunos estudiosos, que señalan que Ay en realidad era su abuelo materno, e incluso se sugiere que por un tiempo la reina estuvo casada con su propio padre.

Miembro de larga data de la antigua realeza egipcia, Ankhesenamun fue la tercera de seis hijas del faraón Akhenaton y su esposa real Nefertiti. Se casó con su medio hermano Tutankamón cuando tenía entre 8 a 10 años de edad y él tenía 13 años, gobernando de 1332 a 1327 aC. Es posible, según algunas investigaciones, que la pareja haya tenido gemelos nacidos muertos.

De confirmarse el descubrimiento, podría ayudar a desentrañar el destino final de la esposa del rey más popular de Egipto, que desapareció de improviso de los registros históricos, tras su segundo matrimonio.

El equipo planea excavar la cámara recién descubierta para determinar exactamente quién está dentro.

Egipto descubre una nueva pirámide construida hace 3.700 años

Al norte de la pirámide Romboidal, con su característica doble inclinación causada por las modificaciones sufridas a mitad de obra, ha asomado un nuevo y prometedor hallazgo. Una misión egipcia ha desenterrado en la necrópolis de Dashur los restos de una nueva pirámide levantada por un personaje aún por esclarecer a lo largo de la XIII dinastía.

Fuente: http://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/ciencia/2017/04/03/58e285ff268e3e542e8b4680.html

Las primeras fotografías del monumento, difundidas por el Ministerio de Antigüedades egipcio, muestran lo que el trabajo de la campaña ha ido dejando al descubierto. Un esqueleto de piedra que va surgiendo bajo las arenas del cementerio de Dashur, un perímetro salpicado de pirámides ubicado a unos 40 kilómetros al sur de El Cairo y que -junto a las de Abusir, Saqara y Giza- son Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.

Según Alaa al Shahat, máximo responsable de las antigüedades de El Cairo y Giza, “todas las partes descubiertas de la pirámide se hallan en muy buen estado de conservación“. “La excavación va a continuar y revelará más restos”, advierte en un escueto comunicado hecho público por el ministerio para anunciar esta nueva sorpresa de la Egiptología, una fuente inagotable de buenas y fascinantes noticias.

No obstante, la tarea de sobrevivir a 3.700 años en pleno desierto ha causado estragos en su armazón exterior, del que los arqueólogos no han hallado huellas. “Los restos descubiertos de la pirámide pertenecen a su estructura interna, que se compone de un pasillo que conduce a la zona profunda de la pirámide y una estancia que conecta con una rampa en el sur y una sala en el costado occidental”, explica Adel Okasha, director de la necrópolis de Dashur.

En la excavación, la expedición ha hallado un bloque de alabastro -con unas dimensiones de 15 por 17 centímetros- en el que aparecen talladas 10 líneas verticales de jeroglíficos; un dintel de granito y bloques de piedra que descubren “la arquitectura interior de la pirámide”. El texto, que es aún objeto de estudio, podría arrojar luz sobre este hito arquitectónico. Y es que queda todavía por descifrar la identidad del propietario del enterramiento y el reinado durante el que halló descanso eterno. Tampoco ha trascendido el tamaño de la estructura que una vez fue horadada en la tierra.

El único detalle que barruntan los artífices del descubrimiento es su adscripción a la XIII dinastía (1783 – 1630 a. C.), un tiempo convulso marcado por faraones que se suceden sin pena ni gloria, incapaces de gobernar todo el territorio y fundar su propia estirpe de gobernantes. Un barahúnda de pretendientes que llegan al trono usurpándolo y resisten en la poltrona durante meses o, en el mejor de los casos, años. Entonces como ahora, el caos en la cúspide es mitigado por los altos funcionarios que sobreviven en sus cargos, los verdaderos artífices de la administración faraónica.

El flamante armazón que acaba de ver la luz se halla emplazado al norte de la pirámide Romboidal que levantó el faraón Esnofru (2614-2579 a. C.), padre de Keops y precursor de la auténticas pirámides. La zona ha sufrido en los últimos años los estragos del expolio. Según denunció EL MUNDO a principios de 2013, los vecinos de los pueblos cercanos comenzaron a construir hileras de nichos funerarios a unos metros de la necrópolis.

El cementerio moderno, edificado en terreno propiedad del Ministerio de Antigüedades, engulló incluso la garita desde la que los centinelas vigilaban las pirámides. Entre las calles del nuevo camposanto, se extendió un paisaje lunar. En mitad del caos, los ladrones horadaron la tierra en busca de tesoros.

Las arenas de Dashur que han permanecido a salvo, próximas a un cuartel de ejército, siguen proporcionando sorpresas. El año pasado una misión egipcio-estadounidense halló una tumba horadada para un alto funcionario de la corte de Sesostris I y emplazada en los alrededores de la pirámide del faraón. El enterramiento, descubierto fortuitamente durante trabajos de limpieza de la zona, estaba tallado en la roca y se accedía a través de una rampa de ladrillos de barro.

Pirámides de gizeh: La gran máquina del tiempo

Las pirámides que se alzan en la meseta de Gizeh parecen fruto de una ciencia imposible. Desafían nuestra lógica y tal vez por ello han propiciado interpretaciones de lo más diversas, entre las que ha destacado la que contempla a la Gran Pirámide como una máquina del tiempo en la que es posible decodificar el devenir de la humanidad.

Fuente: http://www.revistaenigmas.com/secciones/grandes-reportajes/gran-maquina-del-tiempo

Autor: José Gregorio González

Tumba real, canalizador de energía cósmica, búnker frente a catástrofes, observatorio astronómico, baliza extraterrestre, templo de alta magia, calendario agrícola, faro, maquina regeneradora… La lista de hipótesis sobre la funcionalidad de la pirámide de Keops puede ser más larga pero con los ejemplos citados nos basta para visualizar la fascinación que siempre han generado estos 2,5 millones de metros cúbicos de piedra hábilmente ensamblados.

Hoy por hoy la egiptología se encamina a describir a la Gran Pirámide como una suerte de lanzadera estelar del alma del faraón, desde cuyo interior y tras los oportunos rituales funerarios oficiados por la élite sacerdotal, alcanzaría ciertas regiones del cielo para unirse o reencontrarse con sus dioses principales.

Es fácil comprender cómo a su evidente y milenaria magnitud, realzada durante muchísimo tiempo con el espectacular brillo de la piedra caliza que la recubría, se han venido uniendo en los últimos siglos detalles asombrosos relativos a la precisión de sus medidas y orientaciones. La proeza por tanto ya no se circunscribe a construir en tiempos primitivos, con una tecnología que todavía se discute, tan monumental montaña a orillas del Nilo, sino que ha de incluir la meticulosa planificación y el universo de significados que debió de tener desde el punto de vista religioso. Y es que la Gran Pirámide, levantada hace más de 46 siglos haciendo encajar unos 2.300.000 bloques de piedra, con toda probabilidad desempeñó diferentes funciones que simultaneaban su desarrollo y significado material con su eco o contrapartida en el plano espiritual.

Incluso, dentro de ese universo multifuncional, la Gran Pirámide puede ser interpretada en sí misma como una gigantesca profecía que nos habla de los orígenes y del retorno de los dioses que hicieron posible el surgimiento de esta civilización, o bien contener en su interior códigos de alcance universal susceptibles de ser interpretados en clave profética, desvelando una línea temporal que arrancaría en tiempos pretéritos prolongándose hacia un futuro que aún estaría por salir a nuestro encuentro.

Tal vez la respuesta a muchos de sus interrogantes y a las precisas matemáticas que fueron reflejadas en sus proporciones y localización, deba contemplar diferentes usos e incluso conocimientos que terminaron perdiéndose en el tiempo, haciendo bueno lo expresado por uno de los grandes intérpretes y divulgadores de las profecías piramidales, Rodolfo Benavides, quien con bastante acierto escribía en su incunable Dramáticas profecías de la Gran Pirámide, que “el monumento en sí es piedra, pero su construcción implica vida, inteligencia, trabajo, sabiduría. Y en ese caso, como en el hombre, resulta inútil tratar de encontrar explicaciones sólo con mirar o estudiar la superficie. Hay que ir al interior y buscar en la vida y en el alma”. Benavides es sólo uno de los muchos autores que se han erigido en decodificadores del pretendido mensaje futurista de la más célebre maravilla del mundo antiguo, intérpretes de la llamada por los estudiosos del asunto “línea de tiempo profético de la Gran Pirámide”.

Este singular capítulo de la egiptología más extrema, ha tenido entre sus defensores a reputados matemáticos como John Taylor o a históricos astrónomos como Charles Piazzi Smith, junto a pioneros como Robert Menzies o el influyente pastor luterano estadounidense Josep Seiss, entre muchos otros.

HISTORIAS DE PIRAMIDÓLOGOS
Para la egiptología académica, así como para la inmensa mayoría de los especialistas que en la actualidad afrontan los enigmas egipcios desde un punto de vista más abierto e incluso heterodoxo, las profecías de la Gran Pirámide carecen de validez alguna y su interés no pasa del que se deriva de su anecdótica presencia en la historia reciente de este monumento.

Como mucho, algunos expertos defienden que tan singular interpretación del monumento debe estudiarse dentro del marco de las creencias que han abrazado los investigadores que la han defendido, así como en el de la filosofía e ideología política de las sociedades que puntualmente las han apoyado. Y es que, como veremos, encontrar profecías en la Gran Pirámide vinculadas con el mundo judeocristiano llegó a contemplarse como una prueba irrefutable del origen israelí del pueblo británico… Pero no adelantemos acontecimientos.

El enfoque profético de la pirámide de Keops se suele encasi llar dentro de lo que se conoce como “piramidología”, término que en su origen necesariamente no resultaba despectivo pero que en la actualidad se suele usar para etiquetar rangos de especulación que rozan lo salvaje cuando se abordan cuestiones sobre el origen, métodos constructivos y funciones de las pirámides, ya sean éstas egipcias o no.

Otra precisión tiene que ver con lo que se “ve” dentro de la Gran Pirámide. Quien piense que las profecías que nos ocupan están escritas al uso en el exterior o en interior del monumento, está completamente equivocado. No hay nada, absolutamente nada, grabado sobre las rocas de la pirámide, ya sean signos, marcas, dibujos… que conforme el texto de las profecías, ni directamente en la piedra piramidal ni en frescos ni textos posteriores que sin estar necesariamente en la Gran Pirámide aludan al asunto. Es decir, que al hablar de profecías de la pirámide no podemos esperar nada parecido a las Cuartetas de Nostradamus, a los lemas papales de San Malaquías, a las barrocas visiones bíblicas, a los dibujos del argentino Parravichini, a la posición de los planetas que decodifican los astrólogos, o a los sueños y canalizaciones de psíquicos como el mítico Edgar Cayce. Las llamadas profecías de la Gran Pirámide son algo completamente diferente, que por complejo, subjetivo y especulativo, siempre ha sido mucho más cuestionado que el resto de los escenarios proféticos que acabamos de mencionar. Esencialmente se basa en analizar las dimensiones métricas de la Gran Pirámide, del conjunto de sus cámaras, galerías, pasillos y conductos, generando a continuación su equivalencia en otro sistema de medida llamado “piramidal”, y partir de las cifras piramidales obtenidas, trazar un paralelismo temporal con la cronología bíblica. Al no existir marcas, señales o representación alguna en las piedras de la Gran Pirámide que nos permitan relacionar un hecho bíblico con una determinada longitud, la correlación se produce de una manera que siendo generosos etiquetaremos como intuitiva, interpretando el comienzo de un tramo ascendente, un cruce de pasillos, un dintel o una estancia como un hito o periodo histórico importante. Dependiendo del criterio del intérprete, un trazo, arañazo, junta o cambio de tonalidad en un sillar, puede o no ser incorporado como pista a la interpretación que se realice. Este sistema de decodificación conlleva discrepancias importantes entre los autores que asumen el reto de interpretar las medidas de la Gran Pirámide en clave temporal, por no hablar del problema que surge cuando ahondando en el tema nos topamos con cuestiones no suficientemente resueltas como el de las verdaderas dimensiones de un monumento que ha sufrido importante daños con el paso de los milenios, y que además estuvo recubierto en su origen con 27.000 placas de piedra caliza pulida que sin duda modifican sus dimensiones. No perdamos de vista que también estuvo coronado hipotéticamente con un “piramidión” de dimensiones desconocidas, que algunos estiman en un metro y otros en una decena, cúspide que alteraría también esas medidas, por no hablar del interior, donde a lo ya descubierto se podrían sumar en el futuro conductos y quién sabe si estancias que, en principio, deberían también modificar radicalmente el escenario interpretativo. El problema global ya lo apuntaba el recordado Joaquín Gómez Burón en la recomendable síntesis del asunto profético que realizó en El Final de los Tiempos:

La Gran Pirámide ha sido exprimida de tal forma que sus ángulos y medidas parecen albergar todo el conocimiento imaginable; aunque tales hechos estén, muchas veces, más en la fantasía del investigador que en la realidad.

Obras como las del abate Moreux, Piazzi Smith, Lagrange o Davidson, por citar algunos, han contribuido a esa imagen, de moda hace unas décadas, de ‘la Gran Pirámide como respuesta a todo’, aunque la ‘respuesta’ esté construida generalmente con medidas ‘adaptadas’ a la conveniencia propia más que a la cinta métrica. Si hemos de dar crédito a lo que tales autores dicen, en la Gran Pirámide están registrados datos tan sorprendentes como la ‘ley de variación de la constante de gravedad sobre la superficie de la Tierra’, la distancia exacta entre nuestro planeta y el Sol, la ‘ley de las variaciones periódicas de las estaciones y de la frecuencia de los terremotos’, la medida del año solar, la medida del año sideral y del año anomalístico, las leyes de la precesión de los equinoccios y de la variación de la longitud del perihelio, etc.’”.

Al margen de tanta temeridad especulativa y tanteo numerológico, no hay duda de que efectivamente algo inusual parece ocurrir con la geometría de un edificio que además está orientado con gran precisión a los puntos cardinales. El matemático, librero y astrónomo inglés John Taylor, uno de los padres de todo este asunto, demostró que la Gran Pirámide, con intención o por casualidad, contiene el número PI –3,14159265–, que se obtiene dividiendo el perímetro de su base por el doble de la altura del monumento –230,347 x 4:146,61 x 2– resultando exactamente 3,1423. Este hecho es innegable, aunque es a partir de aquí cuando las cosas se complican. Taylor fue el primero en establecer una correlación entre las unidades de medida que a su juicio se habían usado en la Gran Pirámide –pulgadas y codos piramidales– con el sistema métrico británico –pulgadas y codos convencionales–, generando un conjunto de conexiones métricas –muchas de ellas forzadas– que desde su punto de vista demostraban que la estructura reflejaba un saber perdido acerca de las verdaderas dimensiones de la Tierra. Su trabajo, publicado bajo el título La Gran Pirámide: ¿por qué fue construida? y ¿quién la construyó? fue una semilla que encontró el terreno mejor abonado en el Astrónomo Real escocés Charles Piazzi Smyth, quien viajó a Egipto para lograr mayor precisión en las mediciones. Como resultado de aquellos trabajos metrológicos publicaría Nuestra Herencia en la Gran Pirámide, donde desarrollaría las tesis de Taylor exponiendo de forma clara su creencia de que no sólo la pulgada inglesa procedía de la pulgada piramidal egipcia, sino que el propio pueblo británico tenía su origen ancestral en Egipto, concretamente en un linaje hebreo que había recibido directamente de la divinidad ese conocimiento plasmándolo en la Gran Pirámide. Lo descubierto en la Gran Pirámide no hizo sino reforzar la visión previa que tenía del pasado anglosajón y que compartía con varios movimientos cristianos en auge en la época. Por todo ello el lector comprenderá que la interpretación de las “profecías” que se hace en origen y que terminaría creando escuela, está tan vinculada con la historia del pueblo judío, el cristianismo y la Segunda Venida de Cristo.

PULGADAS, CODOS Y PROFECÍAS…
Para que la línea de tiempo profético de la Gran Pirámide funcione, además de tener que partir de unas medidas exactas consensuadas -que a efectos prácticos pasaremos por alto a fin de centrarnos en el contenido predictivo-, debemos hacer uso del sistema métrico piramidal que los propios pioneros de la piramidología profética rescataron, dedujeron, o según los más incrédulos, inventaron directamente. Es esencial tener en cuenta que para que las cosas encajen se debe aceptar que la montaña artificial de Keops fue erigida usando como medida el llamado “codo piramidal o codo sagrado”, del que encontramos varias referencias en la Biblia cuando Yahvé da instrucciones directas a Noé para la construcción del Arca que le salvará del Diluvio, o a Besalel, para que construya el Arca de la Alianza. Ese codo sagrado o piramidal –que los piramidólogos sostienen que se corresponde con la diezmillonésima parte del radio terrestre– mediría 63,435 cm y estaría compuesto por 25 pulgadas piramidales, unidad que mide 2,5374 cm, frente a los muy cercanos 2,54 cm de la pulgada inglesa. El siguiente paso es tomar esa unidad básica que es la pulgada piramidal de 2,5374 cm, darle el valor de un año en nuestro cómputo temporal, y aplicarlo sobre las medidas de los pasillos y cámaras de la Gran Pirámide desde varios puntos de partida. No obstante los interpretes también han aplicado la equivalencia de una pulgada piramidal con un mes, aunque en este caso la manera de “profetizar” es a la inversa.

Para los intérpretes clásicos el punto de partida de la secuencia profética o año cero de la Gran Pirámide arranca en el año 4000 a.C. A partir de aquí, cada pulgada piramidal medida correspondería a un año de los nuestros. Dentro de la pirámide ese punto de partida estaría localizado en un vértice imaginario, situado por debajo de la propia pirámide, que es el punto en el que se cruzaría en el subsuelo la prolongación del llamado pasillo ascendente de la Gran Pirámide con la línea de prolongación también bajo tierra de la cara norte de la estructura. Los motivos de esa prolongación son tan desconocidos como sorprendente la precisión calendárica que aventuran ver algunos autores bajo tierra.

“Ese vértice ideal –escribe Rodolfo Benavides– marca la fecha 22 de septiembre a la medianoche del año 4000 a.C. Se le ha interpretado como principio de la actual civilización o ‘Era Adámica’, aunque también podría ser que señale la fecha de llegada de Osiris a Egipto. Se admite generalmente que esa fecha se refiere al principio de nuestra actual civilización empezada en Adán y Eva, no meramente como los primeros seres humanos sobre la Tierra, sino como principio de una raza o de un pueblo progresista”. Al lector le conviene saber que otros intérpretes como es el caso de Adam Rutherford, apuntan a que la fecha más anti gua no es el 4000 a.C., sino el 5407 a.C., que se corresponde con el mismo periodo de génesis adámica aunque con una diferencia de nada menos que de 1.400 años, un baile de cifras que se repite sistemáticamente con otros autores y que no contribuye en absoluto a la comprensión y convivencia de los sistemas interpretativos. Prosiguiendo por ejemplo con Benavides, que es fiel a los planteamientos de muchos intérpretes clásicos, el cruce del pasillo ascendente con la línea de la base de la pirámide arrojaría el año 1917 a.C., fecha en la que Dios le revela su papel a Abraham pero que no coincide con el año 2142 a.C. apuntado por el lingüista, profesor y experto en profecías Peter Lemesurier. El primer punto real, visible y transitable de la Gran Pirámide es el encuentro entre el corredor ascendente y el corredor descendente por el que se accede al interior de la construcción, que Benavides fecha en 1486 a.C. y Lemesurier y Rutherford en el 1453, correspondiéndose indistintamente con el comienzo del éxodo del pueblo israelí. Al final del corredor ascendente, donde comienza el pasillo que conduce a la Cámara de la Reina, estaría marcado el nacimiento de Jesús, en el año 2, 4 o 6 a.C., según se recurra a un autor u otro, habiendo recorrido hasta este punto unos 4.000 años de nuestra línea del tiempo profético.

Unos pocos metros más arriba, donde finaliza el corredor y se abre la llamada Gran Galería, estaría la fecha de la crucifixión de Jesús, siendo interpretada esta fabulosa y monumental estancia como un reflejo de la Era Cristiana en su conjunto hasta 1909, año marcado por la base del llamado “gran peldaño” dentro de la particular orografía de la Gran Pirámide.

Este punto es muy importante ya que precisamente es a partir de aquí donde los partidarios de decodificar la Gran Pirámide, usando la equivalencia alternativa antes mencionada de una pulgada por mes, comienzan su particular línea del tiempo profético siguiendo lo que denominan “cronología retrospectiva”, de tal manera que este sería el año 4000 a.C. y volviendo sobre nuestros pasos avanzaríamos en el tiempo hasta alcanzar el 1477 d.C., justo en el vértice imaginario en el que comenzamos bajo el subsuelo de la pirámide. De una forma gráfica, sería una autopista del tiempo con dos carriles por los que se circula en sentidos opuestos y a velocidades diferentes, lo que rizando el rizo generaría dos líneas proféticas diferentes. Retomando nuestro itinerario, con el auxilio de Gómez Burón, quien a su vez se hace eco del trabajo de George Barbarin, recorremos un tramo crucial: el que discurre desde el mentado escalón hasta la Cámara del Rey. “La cámara del primer pasadizo bajo corresponde al 4-5 de agosto de 1914, principio de las tribulaciones de la época trágica de la humanidad; el final del pasadizo señala el 10-11 de noviembre de 1918. A continuación se esa fecha se abre la ‘antecámara’, llamada también ‘La Tregua del Caos’, simbolismo claro de la relativa tranquilidad que tuvo el mundo tras la Primera Guerra Mundial, una tregua que dura lo que la ‘antecámara’, hasta 1928, fecha que coincide con el principio del segundo pasadizo bajo. Sólo ocho años de la historia están registrados en este pasadizo, los comprendidos entre 1928 y 1936, ya que, coincidiendo con este último año, terminan los pasadizos y se llega a la Cámara del Rey”. Curiosamente este punto que señala el año 1936 parece especialmente sobresaliente por el lugar que ocupa, debiendo corresponderse con algún acontecimiento de gran impacto y alcance mundial. Es, sin duda, una de las contradicciones, incoherencias o elementos más incomodantes de la cronología profética, dado que parece obvio que nada especialmente singular se puede asociar a ese año. Podríamos vincularlo con la Guerra Civil española o las incipientes tramas que emprenderían los nazis, pero la idea no termina de convencer a los expertos en el asunto. No obstante, los intérpretes intentaron salvar los trastos asignando a 1936 la fecha del nacimiento del Anticristo, pronosticando desde ese año hasta 1962 una etapa de rotundos cambios en todo el planeta que derivarían en el derrumbamiento de las estructuras conocidas hasta la fecha, con el consiguiente surgimiento en un periodo que abarcaría desde 1962 hasta 2001, de un nuevo modelo de organización que prioriza el espíritu y los valores humanos por encima del materialismo. Para Benavides, el 17 de septiembre del año 2001 es el final de la “Era Adámica”; para entonces se habría acabado con “las dictaduras, transformaría a las naciones anglosajonas y se produciría el progreso final de Cristo como rey de reyes con su doctrina purificada, empezando un nuevo milenio en el año 2001 con principios filosóficos y religiosos, viejos en su origen, pero nuevos en su interpretación”. Este autor insistía bastante en destacar esta fecha cuando publicó su obra allá por el año 1960, apuntando que a partir del 17 de septiembre de 2001 “la humanidad vivirá de muy distinta manera; o quizá a partir de esa fecha ya no existirá humanidad, pues si las fuerzas del mal, en forma de bombas nucleares, llegan a desatarse nuevamente, nadie sabe quién quedará vivo y en qué condiciones de salud quedará”. A la vista de esta fecha quizá debamos concederle el beneplácito del acierto cuanto menos parcial, ya que un mundo diferente sí que pareció haber comenzado en torno a esas fechas, a partir de los atentados del 11 de septiembre de 2001.

En líneas generales, la mayoría de autores coincide en señalar que las dos guerras mundiales, la crisis de 1929, o el descubrimiento de América están marcados en nuestro monumento.

Y LA CÁMARA SECRETA… ¿QUÉ?
En 1993 el ingeniero alemán Rudolf Gantenbrick inició un proyecto que posteriormente ha tenido más secuelas; pero el primero fue él. Aprovechando sus avanzados conocimientos en tecnología, Gantenbrink construyó un pequeño robot articulado al que bautizó con el nombre de Upuaut, con el objetivo de introducirlo por el canal sur de la Cámara de la Reina de la Gran Pirámide, un conducto que partía desde la zona central de una de las paredes de dicha estancia y que hasta esos momentos era considerado un canal de ventilación. Tras no pocos problemas con las autoridades egipcias, que pararon el proyecto en varias ocasiones, al fin se logró que el artilugio avanzara 60 metros a través del conducto, topándose con una especie de puerta de piedra provista de algo similar a tiradores. Fue entonces cuando un terror irracional se apoderó de las autoridades egipcias. Así, el doctor Mohammed Ibrahim Bakr, director de la Organización de Antigüedades de Egipto, se apresuró a declarar en The Egyptian Gazette que “es absolutamente falso que los alemanes pudieran descubrir algo, ya que el robot que fabricaron era más grande que el orificio del canal de ventilación. Es inconcebible que el faraón Keops pudiera esconder sus tesoros en una cámara por la que es imposible pasar”.

Por otro lado, y añadiendo más confusión al asunto, el doctor Ali Hassan, director de Monumentos Egipcios, zanjó el asunto al afirmar que “es imposible que pueda hablarse de una nueva cámara ya que el pasillo que conduce a ella es tan sólo de 20 centímetros. Por allí no puede pasar nadie”.

Estas palabras se contradicen con el espectáculo que tiempo después pondría en marcha el archiconocido Zahi Hawass, al mostrar para todo el mundo a través de televisión la exclusiva de cómo la citada puerta era atravesada por un pequeño trépano, dejando sobrevolar la idea de una cámara secreta. ¿Han descubierto la citada cámara? Dado el mutismo que rodea a todo este asunto poco se puede asegurar, más allá de que varios científicos de la Universidad de Leeds y el gobierno egipcio llevaron a cabo una prueba similar introduciendo por el mismo canal un diminuto robot llamado Djedi –en honor al mago a quien, según la tradición, Keops consultó para construir la pirámide–, avanzando un poco más en el túnel. Conviene decir que en 2002 se llevó a cabo la segunda parte de este proyecto, trepanando la puertecita y observando que al otro lado había otra más –y van tres–. Las imágenes enviadas por Djedirevelaron la existencia en el conducto de varios jeroglíficos, así como marcas en la piedra y líneas trazadas por los constructores de las pirámides. Gracias a la cámara flexible de Djedi se logró ver por primera vez el lado anverso de la puerta, mostrando que su superficie estaba cuidadosamente pulida, lo que podría indicar que tuvo una importancia simbólica. Así lo explicaba Kate Spencer, egiptóloga de la Universidad de Cambridge, al afirmar que “estos conductos tendrían una función relacionada con las estrellas: es posible que dicha cámara albergase en su día una estatua del Ka –espíritu– del faraón, y los conductos habrían sido construidos para que viajase hasta el más allá”. Por otro lado, Hawass aseguró por vez primera que podrían estar tras la pista de una cámara secreta, ya que, en su opinión, la Cámara del Rey no sería más que una suerte de “cámara” de distracción para ocultar la verdadera. El arqueólogo recordaba sin disimular cierta euforia, que una tradición contaba que el mago Djedi se encontró con Keops, quien estaba buscando a Toth para descubrir el secreto que le permitiera esconder su pirámide: “Basándonos en esto, quizá haya algo oculto en la pirámide”.

Y es que si se logra dar con la ansiada cámara secreta, para muchos estudiosos sería el instante en el que la profecía final se cumpla. Sea o no, lo que es evidente es que todos estaremos expectantes a uno de los momentos más importantes de la historia de la arqueología.

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