¿Quiénes eran los antiguos astronautas?

¿Quiénes eran los antiguos astronautas?

Stonehenge, Puma Punku, los Moái de la isla de Pascua o las grandes pirámides egipcias, apenas son una pequeña muestra de la escandalosa variedad de ejemplos que nos hacen pensar en cómo fue posible que las culturas primigenias de la humanidad fueran capaces, con unos medios a menudo tan rudimentarios, de hacer obras que todavía hoy nos maravillan por su complejidad, ingenio e inventiva. Estos monumentos encierran grandes conocimientos que según antiguas tradiciones fueron transmitidos a la humanidad por unos seres o entidades a las que hoy llamamos antiguos astronautas.

antiguos astronautas Capítulo 1. Antiguos dioses instructores Dios y el hombre, el hombre y dios… ¡qué binomio! ¿Quién acompaña a quién? No sabría responder a la pregunta, la humanidad lleva milenios adorando dioses de todos los colores. A decir verdad le sigo la pista a unos cuantos, pero de momento ni me interesa el más antiguo ni el más auténtico, ando tras varios grupitos de personajes elevados posteriormente al rango de divinidad porque me inquietan profundamente sin poderlo remediar. A lo largo y ancho de todo el planeta existen leyendas y mitos de “dioses instructores” en el inicio de los tiempos de muchos pueblos distintos, casi podríamos hablar de un fenómeno universal en lo que abarca a las primeras civilizaciones. No hay civilización en el mundo antiguo sin un héroe civilizador de éstos. Reciben diferentes nombres pero sus principales atributos se repiten una y otra vez respondiendo al mismo arquetipo. Dos de sus rasgos más característicos son su procedencia celeste y su vinculación con el agua, cada uno con su propia historia. Por cierto, una de sus aficiones fue dejar la promesa de un futuro regreso. ¡Vaya sembradores de ansia! Ya hubiesen podido dejar un teléfono satélite o algo así para estar en contacto. Viracocha en el mundo andino descendió desde el cielo sobre donde hoy se encuentra la ciudad de Cuzco e inició un viaje que terminaría en el mar, en el océano Pacífico, después de haber difundido sus enseñanzas civilizadoras. Claro está, prometió que volvería. En tierras mexicas fue Quetzalcoatl para los aztecas, la serpiente emplumada o celeste, el dios encargado de realizar estos menesteres, a menudo se le representaba acompañado del dios de la lluvia Tlaloch en todo tipo de manifestaciones artísticas. Su homólogo maya Kukulkán sigue descendiendo a la Tierra en Chichen-Itzá cada equinoccio de primavera mediante un espectacular efecto de luz y sombra sobre un edificio llamado el castillo.   Kukulkán toma posesión de la Tierra cuando baja desde el cielo a través del castillo de Chichen-Itzá el día del equinoccio de primavera. Luces y sombras se combinan formando la silueta serpenteante del dios sobre la pared de la escalera izquierda en la foto. Dibujan el cuerpo de una serpiente, uno de los avatares de Kukulkán, cuya cabeza está al pié del edificio con la boca abierta al final de las escaleras. El castillo posee otra sorprendente peculiaridad dejando a un lado los efectos ópticos. Si alguien se sitúa a pocos metros delante de la escalera y palmotea, el sonido resuena en la estructura de la cúspide y vuelve el eco imitando el canto del pájaro quetzal, su otro avatar. ¿Se imaginan cien personas palmoteando al unísono? ¿Y 10000? Todo un lujo para los sentidos. Los relatos de dioses llegados de las alturas portadores de la civilización se repite en China, en India, en la vieja Europa y allá donde uno vaya con ganas de escucharlos, llevaría toda una vida recopilar sus historias. Pero ahora que hemos entrado en materia voy a centrarme en tres tradiciones bien conocidas en la actualidad, o al menos eso creemos, la sumeria y la egipcia recuperadas en los dos últimos siglos por grandes profesionales, y por otro lado la dogón; vigente y viva a día de hoy. Los dioses de las tres tradiciones reciben diferentes nombres y estas parecen ser independientes unas de otras, no obstante sumerios y egipcios siempre mantuvieron un contacto entre ellos, en cuanto a la dogón, no se sabe muy bien su procedencia. Cuando uno profundiza en los tres mundos se da cuenta de que hablan de lo mismo en muchas ocasiones, cada cual con su propia palabrería. Si llevásemos las cosmogonías a un nivel esquemático por medio de lo que simbolizan algunas deidades y varios símbolos elementales, serian intercambiables en algunos de sus puntos más fuertes; lo comprobaremos. No obstante, aparte de ser tradiciones riquísimas en simbolismo (a menudo las expresiones que usan son clavaditas), también son profusas en astronomía, la cual juro y perjuro que no va a dejar a nadie indiferente una vez desglosada. Le podría colocar un montón de adjetivos a la antigua ciencia celeste pero todavía no ha llegado el momento de colgar etiquetas. Lo dejaré para vosotros, en las páginas del próximo libro de la serie Expediente Nibiru podréis juzgar y elegir los calificativos que se merezcan, mientras tanto me limitaré a exponer. Sólo un apunte antes de iniciar la exposición, en los inicios y en lo más alto del panteón de las tres corrientes cosmogónicas se alberga la figura del can, el dios supremo guía y dirigente. Empecemos por Egipto, antiguo reino de los faraones.   Capítulo 2. Anubis y los Shemsu Hor en la mitología egipcia “Hubo una época en la cual el perro recibía los mayores honores en Egipto” declaraba Plutarco en su célebre Isis y Osiris. Lo mismo parecía pensar el “padre” de la moderna egiptología Wallis Budge cuando decía de Anubis, dios chacal o perro, que su adoración es muy antigua y no hay duda de que incluso en los primeros tiempos su culto era general en Egipto, probablemente más antiguo que el del mismo Osiris. Ya en la cultura badariense, allá por el V milenio a.C. en este mismo país, era venerado el perro salvaje. Anubis o Anpu ocupaba el primer lugar en el panteón egipcio de las primeras dinastías, aunque el puesto de líder de los dioses también delegaría en otros como Horus, Ra u Osiris. Por eso no es extraño encontrar representadas en el arte faraónico las mismas escenas intercambiando algunos de estos dioses que ejecutan la misma función en un contexto determinado. Este tipo de concepción arquetípica donde lo verdaderamente importante es la acción desarrollada por la divinidad permite la permuta de varios personajes sin alterar la idea que se quiere transmitir. Al final, dicha actitud derivaría en una amplia gama de divinidades para todos los gustos, más de 2500 en todo el país, y todo eso sin perder un solo gramo de cohesión. Así los egipcios que se consideraban hijos de Horus, por extensión lo eran de Osiris, Ra y Anubis dependiendo de las circunstancias contextuales a las que se quisiera recurrir. A veces también nos encontramos con dioses que integran cualidades propias de otros como por ejemplo Heru-ur-shefit, un Horus con cabeza de chacal, la perfecta fusión entre Horus y Anubis. Anpu toma la forma de un perro salvaje o chacal –simbólicamente es lo mismo–. Tratamos con el macho alfa, el líder, el que manda del otro mundo y en consecuencia de este, porqué para los egipcios el Más Allá es un lugar tan importante como el “más acá”. Anubis preside la “nación pura”, en Heliópolis se le representa como una serpiente alada y entre sus epítetos encontramos “el que está posado sobre su montaña” y “el señor de la tierra sagrada”. Y justo este es el perfil de la forma original que presentaría la gran esfinge de Gizeh, de Anubis, basado en el criterio de Robert Temple.   El experto investigador Robert Temple, en su The Sphinx Mystery, demuestra que la esfinge de Gizeh fue en un primer momento una escultura monumental del mismo Anubis y no de un león con cabeza humana como se piensa desde hace unos años; posteriormente la cabeza se fue deteriorando y más tarde la reesculpirían con la cara del faraón Amenemhat II, cuyo parecido con el rostro de sus estatuas resulta abrumador. Temple desarrolla una labor minuciosa sobre estos sucesos en la antigüedad y su posterior evolución a través de los siglos atando todos los cabos sueltos brillantemente, sin lugar a dudas realiza un trabajo magistral. Y debe tener toda la razón del mundo; pues si le enseñásemos una foto de la esfinge, desde una perspectiva aérea, en la cual se pueda apreciar los contornos de su cuerpo, a cualquier persona desconocedora de la cultura faraónica y familiarizada con los animales y la naturaleza, la identificaría con un perro de forma automática. Invito a todos ustedes a que hagan la prueba. No sé cuando terminó la perruna hegemonía de Anubis, pero no antes de la IV dinastía; la misma que alzó la esfinge, su grandioso monumento, junto a las pirámides de Gizeh. Una dinastía que significó la cima de la institución faraónica y llevó a cabo los mayores logros arquitectónicos jamás realizados a orillas del Nilo. El Más Allá o los dominios de Anubis, tenían su equivalente en una zona concreta del cielo, el Duat o el Amenti, un lugar oculto y del que forman parte una agrupación de estrellas como Sirio y la constelación de Orión, identificados con los dioses hermanos Isis y Osiris respectivamente. La palabra “dua” goza de varios significados más o menos relacionados, se refiere al número 5, a la acción de adorar y al término estrella; así el Duat alude abiertamente a la región estelar adorada. Sabemos que en la numerología pitagórica el 5 se vincula con la irradiación, de hecho los egipcios (Si se quiere más información sobre el significado de los números y sus usos habituales, basta con consultar en la red el artículo “Egipto: signos y símbolos de lo sagrado” publicado en la página Amigos de la Egiptologia por Elisa Castel en la siguiente dirección: http://www.egiptologia.com/religion-y-mitologia/61-simbolos-conceptos-basicos-y-ceremonias/2346-egipto-signos-y-simbolos-de-lo-sagrado-entradas-letra-n.html) ya representaban a las estrellas –irradiadoras de luz– con cinco segmentos radiales equidistantes que convergen en un mismo centro. Las estrellas son algo muy típico en los techos de sus tumbas o moradas para la eternidad, estaban atiborrados de ellas. Parte de la región celeste indicada tiene su posible equivalente en la Tierra justo en la meseta de Gizeh, donde se encuentran las tres pirámides más célebres de Egipto, presumiblemente reflejando –a grosso modo– las estrellas del cinturón de Orión sobre la superficie terrestre y bajo la protección de su archiconocido guardián la esfinge –el misterio de los misterios– Anubis. Los dioses egipcios procedían del cielo, así lo refleja el Libro de la Vaca Celeste. Nada más comenzar su lectura, los sacerdotes reproducen antiguas crónicas de los templos que contaban cómo hace miles de años los dioses llegaron a Egipto procedentes del cielo para crear al mundo tal y como lo entendemos hoy. Otros textos religiosos especifican el lugar exacto de la llegada de éstos desde las alturas: el país del Punt, situado en algún punto de la costa de Somalia que da al Mar Rojo. Para la sociedad egipcia sus dioses gobernaron la tierra del Nilo mucho antes de la subida al trono de los faraones. Sus nombres están registrados como auténticos gobernantes en varios documentos ofreciendo cronologías imposibles que van milenios atrás, demasiados para tenerlos en cuenta como un hecho verídico tal cual, aunque una y otra vez se manifiesten en el interior de listas reales durante diferentes etapas del imperio. Los podemos encontrar en la Piedra de Palermo, en el Canon Real de Turín, en las paredes del templo de Seti I situado en Abydos y en la História de Egipto de Manetón. Los largos periodos de reinado atribuidos a los dioses llegan hasta la friolera de 9000 años en un solo reinado; son la manera de darle carácter divino y mítico a supuestos gobernantes ancestrales, de otro modo si fuesen humanos nunca habrían vivido tanto tiempo y en algo se tenían que diferenciar las divinidades. Además, así se refuerza la importancia del cargo ejecutivo de los faraones y se legitima como sagrado, una función heredada directamente de sus antepasados los dioses que todo el mundo debiera acatar y respetar. Con todo, a caballo entre dioses milenarios y faraones, se encuentran unos seres muy sospechosos a los cuales no podemos encasillar exclusivamente en un grupo ni en el otro. Se trata de los Shemsu Hor, traducido habitualmente como los “seguidores de Horus” a falta de un término mejor y ajustado a la realidad de un tiempo pretérito escurridizo e incierto, situado en la misma génesis de la civilización faraónica. En cambio el eminente profesor Jorge Roberto Ogdon prefería referirse a ellos como “mensajeros” de Horus. Poco más se sabe de los Shemsu pero el papel de héroes civilizadores recae sobre ellos con todo su peso. Cuenta la leyenda que los planos de los templos egipcios fueron diseñados por ellos y grabados en pieles de gacela e incluso llegaron a levantar alguno entre otras grandes hazañas. En fin, quizá atribuírselos sea lo más fácil para divinizar los templos pero en lo que se refiere a la existencia de estos héroes… nunca se sabe. En el supuesto caso de haber sido realmente criaturas de carne y hueso valdría la pena formularse dos preguntas: ¿Cuándo se fueron? ¿Regresarán algún día? No hay noticia de ello ¿verdad? sin embargo, a juzgar por lo que descubriremos en futuros episodios de esta serie dejaron fecha y casi la hora bien definidas de su retorno. En cuanto a su procedencia, posiblemente extraterrestre más que mitológica, en manos de la humanidad reside ya el poder de comprobarla. Pues también veremos en la próxima entrega que quizás no vivan tan lejos de aquí. Por otra parte, se intuye de forma bastante clara la vinculación con el agua de las divinidades egipcias, el mismo Nilo recibía el tratamiento de un dios; lo llamaban Hapy. Igualmente la esfinge Anubis parece estar relacionada con el líquido elemento, pues se halla esculpida en el interior de un foso a modo de piscina preparada para llenarse con la antigua crecida del Nilo(“Egyptian Dawn”, Robert Temple, 2010 Century) que inundaba el delta, inexistente en el presente y desde la construcción de la presa de Asuán, rio arriba. A continuación algunos ejemplos gráficos de esas especiales connotaciones acuáticas de los dioses:    Aquí tenemos una representación artística de la estatuilla de Ptah, expuesta en el Museo Egipcio del Cairo, que formaba parte de los tesoros de la tumba del rey Tutankhamón descubierta por Howard Carter. Se presenta llevando un atuendo recubierto de escamas desde los hombros hacia abajo. Otro detalle importante es que no existe separación entre las piernas, los pies y sus dedos, igual que en multitud de representaciones de Osiris; casi casi parece un simpático “sireno”. Evidentemente, tan pintoresca morfología sólo expresa una relación con los peces o el mundo acuático, no obstante, si un ser así existiera, me lo imagino codeandose con los delfines por la conquista de los mares.   En muchas de las  representaciones de Isis se puede observar un tocado sobre la cabeza con forma de cola de pescado, lo cual indica algún vínculo con las criaturas acuáticas, aunque sea de corte simbólico. De acuerdo con los mitos, el legado de conocimiento transmitido a los hombres por los mensajeros de Horus pasó a formar parte de los archivos sagrados de los templos. En la ciudad de Annu o Iwnw se ubicaba el templo más importante de Egipto, la cual fue rebautizada por los griegos ptolemaicos con el nombre de Heliópolis (la ciudad del Sol) debido a que era la sede oficial central del culto a Ra –a partir de la IV dinastía– desde la época de las pirámides. Aquí en la casa de Ra también se alzaba un santuario dedicado a la diosa Hathor, que a menudo, junto con Isis, aparece relacionada con Sirio. Para los egipcios, esta estrella era origen y centro de todo e influía en cada uno de los aspectos de su vida cuotidiana. Señalaba la crecida del Nilo con su reaparición en el cielo nocturno cada año, básica para la agricultura y por ende para la alimentación de todo el país, muchos templos se alineaban con ella, regulaba el calendario, etc, etc, etc. Asimismo el templo heliopolitano también era centro y origen de la civilización egipcia, así lo cuenta su mito de la creación: “Al principio sólo existían las aguas primigenias y de ellas emergió el primer montículo de tierra, el lugar que ocuparía Heliópolis, después, de la cima nació el ave bennu alzando el vuelo, y partió para civilizar al mundo.” Allí se reverenciaba y festejaba el renacimiento de Ra. Heliópolis era a la vez el centro político y religioso de Egipto, el ómphalos, el kilometro 0 de una moderna red de carreteras. Y sorprendentemente así, aún quedó reflejado de modo indirecto en el diseño de un mapa elaborado en el siglo XVI entretanto la gloria de los faraones yacía bajo las arenas del tiempo. Este curioso mapa llamado de Piri Reis y trazado por el almirante turco del mismo nombre allá por el 1513, estaba inspirado en 20 fuentes cartográficas distintas entre las que se encontraban 8 ptolemaicas, o sea; de origen alejandrino egipcio.     Como se ve en el gráfico representativo, el Mapa de Piri Reis tiene su centro presumiblemente en Annu-Heliópolis (El Cairo). Es probable que originariamente estos documentos cartográficos formaran parte de los archivos sagrados de Heliópolis y estuviesen basados en otros anteriores, después pasarían a engordar el catálogo de la famosa biblioteca de Alejandría. El ilustre edificio llegó a poseer más de 300000 volúmenes que terminarían sus días pasto de las llamas, perdiéndose para siempre un tesoro de incalculable valor. Pero no fue la única construcción víctima de destrucciones masivas de documentos y monumentos, igualmente Heliópolis pasó por varias de ellas y sufrió repetidos desmantelamientos. La función del dios egipcio heliopolitano estaba llamada a manifestar la idea de renacimiento, primer génesis o renovación, aunque este principio es compartido con otros dioses. Incluso Anubis frecuentemente se nos muestra ligado a esta característica, a pesar de ser Horus la máxima figura representativa de la resurrección. En el Antiguo Egipto cada vez que se recurre a un concepto también se evoca lo contrario, por eso no existe vida sin muerte ni muerte sin vida, de ahí que dioses de los difuntos como Osiris y Anubis además lo pueden ser de los vivos dentro de un entorno o contexto adecuados.  Capítulo 3. An y los Apkallu en territorio sumerio El término “sumerios” (habitantes de Sumer) es el nombre común dado a los antiguos habitantes del sur de Mesopotamia por sus inmediatos sucesores los acadios; concretamente “shumeru”. Los sumerios se llamaban a sí mismos sag-giga, que significa literalmente “el pueblo de cabezas negras”. Desaparecieron a mediados del III milenio a.C. pero su tradición se había fundido con la acadia y, después de su ocaso, permaneció viva dentro de los reinos e imperios venideros en el Próximo Oriente formando parte de una misma unidad cultural. Asirios, babilonios, casitas y persas, se nutrieron de ella compartiendo identidad con sumerios y acadios. La mitología de los pueblos de Mesopotamia es probablemente una de las más interesantes a la vez que desconocida de la historia de la humanidad. Es muy complicado realizar un análisis exhaustivo de todos los mitos y leyendas que rodean la rica historia de este rincón del planeta, pues cuenta con más de 1700 divinidades si contabilizamos incluso las más tardías. Ante todo, hay que tener en cuenta que, al igual que la mayor parte de mitologías, la mesopotámica no es un cuerpo sólido de personajes bien establecidos; el papel de cada dios cambió mucho a lo largo de la historia. Incluso en un mismo periodo de tiempo, una misma divinidad podía ser adorada en una ciudad, y sin embargo ser casi desconocida en otra. Los dioses seguían la suerte de los reinos y ciudades en los que eran adorados; así, cuando Babilonia se convirtió en el reino más poderoso, también su dios principal, Marduk, se transformó en el dios principal, pese a que hasta entonces había sido una divinidad irrelevante o incluso inexistente. Igualmente cambiantes son las relaciones de parentesco entre dioses. Vamos, una situación similar y prácticamente simultánea a la del panteón egipcio. Los principales dioses sumerios son: •An o Anu, el gran creador, dios del cielo y padre de todos los dioses •Ea/Enki, dios del agua y la sabiduría, creador del hombre • Enlil, señor de los destinos, llegó a alcanzar la jefatura en detrimento de An •Ninurta, gran guerrero • Adad, dios de la tormenta y de las lluvias •Utu, dios del Sol, del orden y de la ley, avatar de la justicia y juez de los dioses •	Sin, el dios Luna •	Inanna, diosa del amor y de la guerra, asociada al planeta Venus •	Marduk, hijo de Enki, dios supremo de Babilonia, pasó a ocupar el lugar de An y Enlil Y algunas de las grandes diosas madres son: •	Ninhursag, gran madre Tierra, señora de la montaña •	Nintu, señora del nacimiento An o Anu, homólogo de Anubis en la antigua Mesopotamia, ocupaba el más alto rango entre los dioses sumerios. Ejerce la potestad de “creador”, de él se dice que sale todo germen, y de hecho se le definía como el ojo de la nación, su simiente, su fuente. “An” significa cielo en sumerio y junto con Enki y Enlil forma la tríada de dioses principales. En un principio era el dios primordial y jefe, después fue sustituido por Enlil en este papel y posteriormente también por distintos dioses regionales como Marduk. Pese a esto, siempre tuvo un papel preponderante en todos los panteones como demiurgo o dios original del Universo. An estaba asociado a la muerte y al renacimiento, su símbolo identificativo no podía ser más apropiado en este sentido; una estrella de 8 puntas. También se le llamaba “el gran toro” o “el gran uro” pero tenía otras caras menos conocidas en la actualidad. Una de ellas es la de perro salvaje o chacal, cuya huella queda perfectamente reflejada entre los primeros babilonios(por ejemplo en “The Babylonian Genesis”, Alexander Heidel 1965 University of Chicago Press). Una de sus hijas, la diosa Bau heredó la faceta canina de su padre. Era la diosa del perro y, su nombre “bau”, no es otra cosa que la imitación del ladrido, como lo sería en castellano guau. El nombre genérico de los grandes dioses sumerios era “anunna”, etimológicamente la progenie del príncipe An, destacan entre ellos los del recuadro anterior. Los acadios utilizaron el término “anunnaki”, la estirpe de An o estirpe celeste en la Tierra. Todas las deidades recibían ese trato excepto un grupo llamado los Igigu, los cuales eran sus sirvientes o trabajadores. Posteriormente se convertirían en annuna cuando Enki creó al hombre para servir a los dioses, la humanidad se ocupó definitivamente de las anteriores tareas de los Igigu. Los anunna vivían en el “Dulkug Dulku”, el montículo divino. En otras ocasiones la morada divina se designa con el término “Abzu”; con él también se referían a pozos, lagos y fuentes, pero su traducción más habitual es el abismo. No obstante, su sentido más profundo hace referencia a la fuente o el origen de algo, de modo que simplemente es el lugar de origen de los dioses refiriéndose a un emplazamiento indefinido. En todos los templos había un lago sagrado llamado abzu. El motivo del mismo tratamiento es porque representaba las aguas primigenias de la creación de donde surgiría el mundo, un simple símil. Las cabezas de las divinidades en la iconografía sumeria estaban cubiertas por una tiara con cuernos de toro incluidos, el animal emblema de Sumer por excelencia. Los himnos se dirigen a las diosas dadoras de vida como gran vaca salvaje. Sin embargo, lejos de ser únicamente una relación directa vinculada a su entorno natural, el cielo también estaba actuando de intermediario; la equivalencia toro-dios es a su vez estelar, concretamente asociada a una de las estrellas más importantes para ellos y que marcó un momento clave de la historia, Aldebarán, el toro celeste. Entre muchas otras curiosidades de tan fascinante civilización podemos destacar también el simbolismo con el cual los sumerios dotaron a los números atribuyéndoles carácter propio. El 7 por ejemplo, al que recurren frecuentemente, designa la totalidad y la creación. Hemos visto ya que la estrella de An tenía 8 puntas, el dios integra las cualidades de dicho número a la perfección (la resurrección y la renovación), no es ninguna banalidad. Además, dibujaban las estrellas con 4, 5,6, 7 o más radios. Cuando lo hacían con 8, frecuentemente hacían referencia a An o se quería plasmar cualidades asociadas al renacimiento. Otro número destacable y atado a lo divino es el 10, An el altísimo gozaba de 10 parejas de antepasados en una lista fechada en el III milenio a.C. Y como los gobernantes quisieron elevarse a la altura de los dioses –no iban a ser menos– repitieron el valor numérico dentro de otra lista mitológica de cronologías imposibles; la lista de los reyes antediluvianos de Beroso (existen otras similares con distinto número de reyes y períodos de reinado). Suma un total de 10 monarcas divinos que reinaron varios milenios cada uno. Al igual que en el país del Nilo o viceversa, había que legitimar la realeza; de estos reyes no hay ni rastro en períodos predinásticos, no existen restos arqueológicos con los que relacionarlos; no será por estudios y excavaciones en Sumer. En la misma línea, todos los monarcas antediluvianos acostumbraron a gobernar durante períodos de tiempo múltiplos del saros, un período de tiempo de 3600 años derivado de sus números sagrados. Uno de los números frecuentemente asociados a An era el 60, producto del 10 y del 6 que es la base del sistema sexagesimal. Partiendo de dicho sistema, el saros resulta el producto del 60 multiplicado por él mismo. 60, 3600, 216000, 432000, son números que solían usar los sumerios en medición de cualquier tipo, no sólo de tiempo, si bien alguna de estas grandes cantidades no tenia utilidad en algunos ámbitos y respondía a cuestiones puramente mitológicas por ser producto de números divinos. Los sumerios inventaron la escritura cuneiforme a mediados del IV milenio a.C., la plasmaban con cuñas sobre tablillas de arcilla húmedas. Nos dejaron una inmensa producción escrita entre la cual encontramos material de tipo económico, jurídico, científico y religioso. Sólo una mínima parte encierra trabajos considerados estrictamente literarios. Cabe destacar la himnografía, antigua y de hondo contenido religioso, su producción asciende a más de 3000 composiciones. Prácticamente todos los dioses, los reyes más cualificados y los templos de mayor prestigio fueron glorificados en estas composiciones, cuyo recitado se acompañaba en las festividades religiosas y profanas, con diferentes instrumentos musicales. Cuando uno llega al interior más profundo del legado cultural sumerio salta a la vista que los dioses son meros personajes cumpliendo todo tipo de papeles en pos de explicar o justificar el mundo que rodea al hombre. Pero no todo es oro lo que reluce, el grupo de héroes civilizadores de la Mesopotamia, los apkallus, presentan una serie de insólitas características y tienen toda la pinta de ser extraterrestres, al menos en aspecto. Los describen la hostia de feos y se refieren a ellos como seres repulsivos, pues los consideraban una “abominación” –qué poco considerados –. Su aspecto era de mitad hombre mitad pez, y calaron tan hondo en la psique humana que todavía en el siglo III a.C. se les recordaba perfectamente.   Beroso, sacerdote del dios Bêl (“el señor”, un epíteto acadio de Marduk), escribió la historia de Babilonia para el mundo griego de la época, Babyloniaka se titula, donde explicaba la tradición de su país sobre los orígenes de su civilización. De Beroso sabemos que estaba vivo en el año 290 a.C. y conoció a Aristóteles, vivió en la época de Alejandro Magno. Para compilar la historia de su país recurrió a los archivos del templo de Bêl, tuvo acceso a documentos originales y, aunque su obra ya no se encuentra entre nosotros, nos han llegado algunas pinceladas a través de fragmentos de varios autores como Apolodoro, Alejandro Polihistor, Abideno y Flavio Josefo entre otros. Su obra está compuesta con un serio respeto por la verdad, se basó en las representaciones de las paredes de los templos, en documentos escritos y conocimientos tradicionales para elaborar su composición. De hecho, los expertos han comprobado que nombres y sucesos narrados por este sacerdote, son fidedignos a documentos anteriores dentro de la tradición mesopotámica que le precedían al menos en un par de milenios. El sacerdote babilonio nos habla de estos héroes civilizadores a los cuales se referían los babilonios con el término “apkallu” (muy inteligente), ab.gal en sumerio en mitos más antiguos. Unas veces son tratados como anunnas y en otras se consideran creaciones de Enki, en cualquier caso seres procedentes del cielo, vinculados a este dios porque encarna la sabiduría y la creación del hombre. Forman un grupo de criaturas anfibias –extraterrestres– cuyo personaje principal responde al nombre de Oannés (el sabio). Según Beroso (del fragmento citado por Alejandro Polihistor):  En Babilonia (en aquellos tiempos), muchos hombres, procedentes de distintas partes, se habían instalado en Caldea (sector litoral de la Baja Mesopotámia), donde llevaban una existencia desaliñada, como los animales. En cierta ocasión ocurrió que allí hizo su aparición por primera vez, en la costa, surgido del “Mar Eritreo”, un monstruo extraordinario y dotado de razón llamado Oannés. Todo su cuerpo era como el de un pez y bajo su cabeza de pez tenía otra cabeza humana y, también pies abajo, como los de hombre, unidos a la cola de pez. La voz y el lenguaje suyos eran inteligibles y humanos; su imagen se ha conservado en el recuerdo y todavía se representa en nuestra época. Este ser, que solía conversar de día con los hombres sin tomar ningún tipo de alimento, les hizo ver la luz en las letras y las ciencias, y en todo tipo de artes. Les enseño la escritura, la construcción de casas y la fundación de los templos, además de la compilación de leyes y los principios del conocimiento geométrico. También les mostró cómo distinguir las semillas de la tierra y a recoger frutos; en suma, les dio todo aquello que constituye la vida civilizada. Y lo hizo hasta tal punto y de forma tan magnífica que, desde ese momento, nada importante se ha descubierto a este respecto. Cuando se ponía el sol, Oannés volvía al mar y allí permanecía todas las noches, pues era anfibio. Posteriormente, emergieron otros seres similares…  Ya en las tradiciones más antiguas los apkallu estaban conectados con el Golfo Pérsico. Su venida queda emplazada en un tiempo mítico pero con una referencia importante a la vez; llegaron antes del diluvio, lo cual resulta más engañoso si cabe porque parece que han sucedido varios diluvios durante la historia del hombre –así se desprende de las narraciones de los antiguos–. Se sabe que existió un mito de “Los Siete Sabios” cuyo protagonista es Enki y contendría los datos más antiguos sobre los apkallu. Todavía no ha sido descubierto como tal dentro del conjunto de tablillas cuneiformes exhumadas desde hace más de ciento cincuenta años del suelo de Irak y los países limítrofes, aunque se tienen varias referencias. Al igual que ocurre con muchos otros documentos, es posible que nunca lo lleguemos descubrir; una verdadera lástima. Del mismo modo que mucha otra información, se ha desvanecido entre las brumas del tiempo. Quizá también lo haya hecho el testamento de un hipotético regreso de los apkallu. Sin embargo, claves con información heredada del legado sumerio que siguen destellando, terminarán por esclarecer el asunto en análisis venideros. Una cosa puedo adelantar, por lo menos en este libro los héroes civilizadores sí volverán a mostrarse. Aparte de la salida de los apkallu del Golfo Pérsico en Eridú, hay otro fragmento de Beroso que nos describe la llegada de estos seres al mar… ¡desde el cielo! Parece que es incuestionable la POSIBILIDAD, ante la siguiente narración, de su llegada en “vehículos espaciales” en el pasado. Probablemente, estamos enfrente de una descripción fruto de la descendencia de un relato contado por alguien que presenció el suceso, o bien simplemente así lo oyó de la boca de los hombres-peces. Después de todo, este fragmento es sólo una copia de copias de otras copias, pero debería contener algunos detalles originales. A continuación el fragmento de Heladio preservado por Fotio (c. 828 – c. 893 d.C.) conservado en forma de resumen (códice 279): Heladio describe la leyenda de un ser llamado Oe (Oannés) que surgió del Mar Eritreo, cuyo cuerpo tenía forma de pez, pero la cabeza, los pies y los brazos como los de un hombre, y que posteriormente instruyó astronomía y letras. Inmediatamente después señala que:  Varios relatos reseñan que surgió de un enorme huevo, y por ello su nombre; y que en realidad era un hombre, aunque parecía un pez solamente porque vestía “la piel” de un animal marino. Verdaderamente el fragmento de Heladio posee un valor especial, ya que vuelve a confirmar el aspecto de la sabia criatura que aparece en multitud de representaciones mesopotámicas. Denominado también “el nacido del huevo”, este ser había salido de una especie de “nave”, parecida a un huevo, que cayó al mar. Otros autores clásicos como Higinio, Manilio y Janto, ponen a nuestra disposición varias aclaraciones que corroboran el suceso; pues afirman la existencia de singulares dioses –en cuyo honor se considera sagrada la forma de pez– que desde las alturas se sumergían en el Éufrates. En la misma línea, dentro de otra variante –que pertenece a Germánico comentando a Arato– se dice que los poderes de un pez divino arrastraron el huevo, del que salió dicha divinidad, hasta las orilla del Éufrates en las inmediaciones de Babilonia. Esta nave de contorno ovoide presentaba un aspecto brillante y luminoso. Asimismo cuenta Sozomeno, historiador del siglo V, que uno de estos dioses pisciformes descendió sobre Éufrates como si de una “estrella llameante” caída de los cielos se tratara. ¿Los podríamos denominar “visitantes –dioses– del espacio”, que venían en el interior de sus “naves –huevos luminosos y estrellas llameantes– espaciales”? Yo pienso que sí. De este modo, la realeza y los apkallu bajaron del cielo en Eridú(Antiquísima localidad litoral de Mesopotamia, situada a orillas de la laguna que unía el Éufrates con el mar en el sector occidental de la ensenada del Golfo Pérsico. Su nombre hace referencia al “lugar de origen”, allí donde todo empezó), lo de la realeza es pura propaganda mitológica, en cambio lo segundo… parece otra cosa bien diferente. En Eridú se construyó un templo dedicado a Enki y a Oannés. Cuando se iniciaron allí las primeras excavaciones modernas, los arqueólogos descubrieron los restos de un primer templo realmente arcaico que tenía dos leones ubicados en la entrada.   Capítulo 4. Nommo, el Yurugu del país dogón Visitemos ahora el cosmos cultural y mitológico de los conocidos dogones. En este caso no cabe posibilidad ninguna de discrepancia, ya desde el primer momento y sin profundizar, sobre el origen extraterrestre de sus divinidades civilizadoras. Esta gente siempre lo ha dicho alto y claro; en algún momento de la historia del hombre se produjo un contacto con seres de otro mundo que visitaron la Tierra, puede que en varias ocasiones. En mi opinión también lo hicieron a su manera –contarlo– sobradamente egipcios y mesopotámicos, pero hoy no están para corroborar la cuestión y su legado ha sufrido destrucciones masivas, cosa que puede llevar fácilmente a la confusión a los mejores entendidos. La cultura dogón no carece de puntos oscuros, pero si estamos atentos a todos los detalles obtendremos el material suficiente para captar bien la naturaleza de las increíbles historias que cuentan.   Los dogones creen en un dios supremo, creador y sustentador del universo; el demiurgo “Amma”, un dios bondadoso. Amma proviene del concepto tener apretado, agarrado; para entendernos, lo que nosotros llamaríamos englobar, de modo que es el dios que engloba todo. Rodando y danzando creó los mundos que giran en espiral alrededor de todas las estrellas del universo. ¿Mundos rotantes estelares? Así se mueve todo en el Universo, incluso nuestro minúsculo e insignificante Sistema Solar. Quizá parezca un detalle sin importancia, pero para saber esto no basta con la lógica a partir del mundo natural, ni siquiera llegaríamos a esta conclusión con un telescopio, necesitaríamos desarrollar una ciencia con física, matemáticas y astronomía avanzadas, que sin lugar a dudas nunca tuvo el pueblo dogón ¿se lo contaría alguien? Me da lo mismo, pues una flor no hace primavera; pero ya que estamos, echemos un vistazo y tomemos consciencia del inmenso jardín que custodian. Los dogones no tienen ningún problema en concebir la existencia de vida inteligente en diferentes sitios del Universo. Curiosamente, expresan una alusión a la inmortalidad y la estabilidad sobre la figura del creador en los saludos: “Que el inmortal Amma te mantenga sentado”, es decir, en paz y en tu sitio. Los héroes civilizadores de la etnia dogón son los dioses “nommos”, hijos de Amma como todo lo existente. Describen cuatro tipos diferentes, aunque más que 4 nommos distintos, las descripciones corresponden a sendas facetas del término nommo en sus respectivos contextos. Consideran a los nommos “monitores” y a la vez padres de la humanidad, de algún modo son antepasados del hombre y además nos dirigen “por el buen camino”. Entre sus avatares se encuentra un cánido un tanto especial ¿de qué me suena esto? Cuando los dogones se refieren a Nommo en su vertiente de líder o de guía usan la figura del yurugu para identificarlo. ¿Por qué elegirían el zorro pálido como máximo avatar de Nommo, una criatura nocturna que casi nadie ve? Bueno, al fin y al cabo escoger la imagen de un cánido responde a la función ejecutada: dirigir. Pero, el reconocimiento con el yurugu debe responder a una misma característica compartida por ambos; seguramente que nadie les ve aunque todos sepan de su existencia. Para colmo este pueblo se deja guiar por el mismo zorro a través de un oráculo específico. Hacen una serie de dibujos sobre la arena a modo de tablas que el zorro pisará durante su marcha nocturna en busca de alimento, a la mañana siguiente las huellas serán interpretadas como designios divinos y se tomarán las decisiones pertinentes. Las pisadas del Yurugu son su propia palabra, pues “hablan” al sacerdote que se encarga de la interpretación de estos designios. El Yurugu, el zorro pálido de la tierra de los dogones, es el avatar de Nommo; un dios “guía”.   Físicamente los nommos dejan mucho que desear en cuestiones de estética, aunque esto siempre dependerá de los ojos con que se miren, pero… no me veo intimando con una “nomma”, la verdad. Cuentan los dogones que los nommos eran hombres-peces, con la mitad superior del cuerpo similar al ser humano. Tenían cola de gran pez y respiraban a través de unas aberturas situadas en las clavículas, una especie de espiráculos semejantes a los que presentan los cetáceos en la parte superior de la cabeza.     Así los representan dos dibujos de los nommos confeccionados por los dogones. Las líneas prominentes de la parte más ancha del cuerpo representan los brazos. Muy cerca de estos dibujan un círculo a cada lado en la parte correspondiente a las clavículas, se trata de los espiráculos. Queda claro para esta gente que los dibujos no encarnan un retrato tal cual, simplemente sirven para poner de manifiesto sus peculiares atributos. Los cuatro “tipos” de nommos  •	Nommo Die o “Gran Nommo”, está en el cielo con Amma y es su vicario, su representante. Se manifiesta en el arco iris, que se llama sendero del Nommo, y es el guardián de los principios espirituales de los seres vivos de la Tierra •	Nommo Titiyayne, “mensajero” del Nommo Die, ejecuta las obras de este. Los nommos que bajaron a la Tierra son de este tipo •	O Nommo o “nommo del estanque”, señor del agua. Será sacrificado para la purificación y reorganización del mundo  •	Ogo o Nommo Anagonno. Cuando estaba a punto de terminar de ser creado se rebeló contra su creador e introdujo el desorden en el Universo. Con el tiempo se convertirá en el zorro pálido (yurugu) No hay forma de situar temporalmente el contacto de los nommos con los humanos, carecemos de pruebas. Aun así algunos investigadores establecen ese momento miles de años atrás. Estoy con ellos, porque da la impresión de que los mismos dogones no terminan de comprender en su totalidad algunos detalles integrados en su propia tradición, a pesar de seguir conservándolos al pié de la letra. Veo este fenómeno como un indicio del paso de mucho tiempo, cosa que concede un encomiable valor a la tradición dogón, porque es oral y no la documentan con escritos a pesar de contar con un sistema de más de 200 símbolos. De boca en boca y sin escritura nos ha llegado un conocimiento antiquísimo, no me digan que no tiene su mérito. Al principio, una noche, apareció una estrella nueva; lo cual nos deja entrever un cierto grado de brillantez y un tamaño considerable, pero estrella al fin y al cabo. Los dogón la tienen por un símbolo de la resurrección de Nommo, la conocen por el nombre de ie pelu tolo, la “estrella de la décima luna”. Un cuerpo celeste que a pesar de todo lo dicho no es fácil de ver, porque sólo hace acto de presencia en raras ocasiones. Era de color rojizo. De ella partió otro cuerpo, esta vez un objeto circular que se hizo gigantesco (un juego óptico, pues a medida que una cosa se acerca desde muy lejos parece aumentar de tamaño para un observador estático) y giraba sobre sí mismo.   Estos diferentes dibujos son los que representan ie pelu tolo, la estrella de la décima luna. Nótese que en cada una de ellas la clave está en el número 10; se repite en forma de segmentos que simulan rayos. En la primera de todas, los rayos se propagan hacia el interior. Se refieren con ello a la estrella cuando no emite luz, o sea, cuando nos resulta invisible. Porque ie pelu tolo nunca ha dejado de existir, sólo se “marchó” y volverá en el futuro.  Los dogón lo llaman “arca” porque lo entienden como un receptáculo que traía a los nommos en su interior. Mientras descendía hacia el suelo emitía un sonido vibrante y atronador, el terreno retumbaba y, todos los animales salieron corriendo despavoridos. Cuando por fin aterrizó sobre la tierra seca, desplazó un montón de polvo levantado por un torbellino de aire que había causado previamente. También se define a la misteriosa arca como una llama que se extinguió al tocar el suelo, momento en el cual descubrió su verdadera forma cónica, como una pirámide truncada de 4 caras (el número 4 siempre lo relacionan con las 4 direcciones del mundo, es simbólico). A continuación el arca empezó a emitir un extraño zumbido mientras un insólito animal salió del interior. Surgió un “caballo de metal” de movimiento seco. Al referirse a seco quieren decir sin vida, luego –de no tratarse de un relato simbólico– debería ser un artilugio mecánico lo que vieron, una especie de vehículo dotado de tracción. En cuanto al concepto de caballo metálico, es justo como le hubiese denominado a tal cacharro cualquier humano desconocedor de nuestra moderna civilización o “progreso”, si fuese la primera toma de contacto con algo así ¿ Cómo llamaron los pueblos “no civilizados” a nuestros trenes y aviones cuando los contemplaron por vez primera? Pues eso, caballos y pájaros de hierro o de metal –los pueblos que conocían algún metal, claro–. El misterioso caballo amarró el arca con cuerdas (algo que servía para tirar) y la fue arrastrando hasta llegar a una hondonada. Después se produjeron unas lluvias de grandes proporciones, bíblicas si se me permite la expresión; las aguas terminaron llenando la depresión y finalmente el arca se puso a flotar como una gran piragua. A bordo del arca viajaban 8 nommos instructores/monitores (curioso número a sabiendas del lugar de donde venían, del astro Ie Pelu Tolo, símbolo de la resurrección), 4 parejas. Descendieron a la Tierra para enseñar al hombre a cultivar, pescar, hacer pan, fabricar herramientas, en fin, a todo. En astronomía les dejaron un buen compendio que veremos en nuestro próximo encuentro con los dogón, al cual hemos de añadir todo lo dicho del sistema de Sirio en el tercer capítulo.   El dibujo dogón del arca que transportaba a los nommos, la muestra brillando y girando sobre sí misma. La forma curva de sus rayos obedece a la idea de movimiento. Curiosamente los dogones también utilizan una numerología particular, donde por “causalidad”, el 7 y el 14 están ligados a la creación del mundo. El 10 es un número sagrado relacionado con lo divino, lo asocian a ie pelu tolo. Así pues, la décima luna es lo mismo que decir la luna de los dioses nommos. Y es que el 10 recuerda asimismo el papel de los nommos como progenitores de la humanidad, pues sería la suma de los 8 que vinieron con el arca más 2 más; la primera pareja de nommos existente. Conceptos similares se vuelven a mostrar en el cálculo de la sigui, esa fiesta en honor a Sirio para renovar el mundo. En un primer momento, la sigui se celebraba cada 7 cosechas/años. Ahora se celebra cada 60 años y para su cálculo utilizan un sistema sexagesimal de carácter ceremonial, pues sólo lo emplean para estos menesteres. Por una parte, multiplican el 10 con el 6, ambos de corte divino, para obtener 60. Por el otro lado y para respetar el orden de la creación llegan al 60 a partir del 7. Primero cuentan 14 años, los 7 años dobles y gemelos durante los que se creó el mundo, a los cuales se le suma una unidad como símbolo de lo entero, como llamaríamos a dos semanas de 7 días, 14 en total, “una quincena”. De modo que ya tenemos una nueva unidad, de 15 años. Después la multiplican por 4 y llegamos de nuevo al 60, 4 x 15 = 60. Para todo el proceso se ayudan de extraños dibujos, pero al final lo que cuenta es la fusión de una serie de números sagrados: -	el 7 de la creación -	el 4 del número de tipos de nommos y de las direcciones del mundo -	el 1 que lo es todo, representa la totalidad -	el 10 de lo divino -	el 6 base del sistema sexagesimal sagrado Y ahora toca hablar de su regreso, los dogones afirman que los nommos volverán el “día del pez”, porque este está directamente relacionado con ellos ya que comparten similitudes corporales. En fin, nada importante, pero la primera señal será la próxima aparición de ie pelu tolo en el firmamento, después ellos reaparecerán con las siguientes grandes lluvias. Cuentan además que O Nommo fue crucificado, se sacrificó y resucito en la misma cruz (simbolizada por un árbol kilena) cuando los nommos descendieron a la tierra. Aseguran que volverá a realizar la proeza en sucesivas venidas. Ie Pelu Tolo será el símbolo de su resurrección, el “ojo” del Nommo resucitado. Para despedirnos, un apunte importantísimo sobre la procedencia de los nommos. El pueblo dogón, según las indicaciones de sus monitores, subraya que la tierra de Sirio –refiriéndose a su sistema en general– es “pura” y que nuestra Tierra es impura ¿? Después de ver los conocimientos sirianos que transmitieron al ser humano, nuestra mente, de forma muy lógica y racional, se inclina a pensar que proceden de ese mismo sistema estelar, y que probablemente vinieron desde allí a bordo de una de sus “arcas”. Pero que yo sepa no lo cuentan así. Dicen exactamente que su tierra –el lugar donde habitan– junto con el resto del Sistema Solar son originarios de Sirio, detalle importantísimo y muy a tener en cuenta. Continuaremos con esta disertación en las próximas publicaciones, pero de momento y de acuerdo con lo expuesto, si quisiésemos usar un gentilicio para los nommos, sólo nos podríamos referir a ellos como iepelutoloenses –pues el arca brillante con la que llegaron a nuestro planeta venia desde Ie Pelu Tolo y no de Sirio– ¿Me siguen?      Capítulo 5. Lug, el gran olvidado Ya sé lo que estáis pensando, dije tres tradiciones mitológicas para proseguir con la investigación. Sin duda, el bagaje cultural de egipcios, sumerios y dogones, forman la columna vertebral de la historia aquí presentada. Pero no lo he podido evitar, dado nuestra posición actual en el apartado de dioses instructores y de divinidades principales identificadas con algún cánido, el dedicar unas líneas a una deidad prácticamente olvidada de la vieja Europa Occidental. Sumergiéndome entre las ejemplares y originales obras de Juan G. Atienza descubrí un ídolo peculiar, una divinidad anterior a la época celta de cuyo nombre no puedo olvidarme; el gran Lug, que celtas y otros pueblos coetáneos abrazaron en su panteón. Su origen es incierto, pero se le rindió culto por toda Francia, Italia, Irlanda, Gran Bretaña y cada rincón de la Península Ibérica, entre otros países. Esta parte de Europa se convirtió en la cuna de los pueblos ligures, sus adoradores. Hoy no queda en todo el continente más suelo ligur reconocido que la denominada precisamente Liguria, al norte de Italia. Sin embargo en la antigüedad era muy diferente. Todavía Eratóstenes en el siglo III a.C. se refería a la Península Ibérica con el nombre de Ligustiké como la tierra de los adoradores de Lug. A pesar de todo, las antiguas tierras ligures conservan una verdadera plaga de topónimos relativos al dios, entre muchos muchísimos otros (en España): Lucos, Lupos, Lobos, Lucenas, Lucines, Louridos, Luceros, Luciernas, Lubierres, Lúcar, Lituénigos, Lugones, Lurianas, Lumbrales, Luesias, Luces, Lucillos y Lucios. Existen topónimos ligures abundantemente tanto en la geografía española y portuguesa, como en las francesa, bretona e itálica. Incluso el nombre de ciudades importantes pertenecen a derivados de Lug, por ejemplo Lugo, Logroño, Lyon y London. Como ya habréis podido intuir el animal distintivo de Lug era el lobo, una fantástica criatura que dedica su noble canto a la Luna. Fue un dios que se mantuvo siempre por encima del resto. Pertenecía a los Tuatha Dé Dannan, los dioses hijos de la diosa Danu –la gran madre de turno– o la tribu de la buena gente. Se le atribuye la invención de la música, de la arquitectura, de los juegos, de la medicina y de todo tipo de artilugios. Y así, experto en tantas artes –no podría ser de otro modo– instruyó al ser humano en sendas competencias, al cual había creado a partir de limo. Curiosamente su nombre está emparentado con el término luz. Dios de la luz = dios del conocimiento. Luz y conocimiento siempre van de la mano, de la mano de Lug a la que antaño el hombre europeo occidental se agarró con fuerza. Considerado el más grande de todos los héroes e hijo del creador (del universo), hijo del cielo y de la tierra, dirigía el mundo de los vivos y a la vez el de los muertos, con la inestimable ayuda de su mensajero particular; el cuervo. El pájaro negro se ocupaba de llevarse a los difuntos al otro mundo por encargo de su señor. Por eso, entre los pueblos célticos se decía que los héroes caídos en batalla serian conducidos al cielo si se les depositaba en un lugar (La palabra lugar deriva presuntamente de Lug o al menos está entroncada con éste, en su origen definió un sitio determinado. Algunos investigadores proponen la cueva sagrada; el vientre de la gran madre de la que todo nace. En francés lugar se llama lieu, en catalán lloc y en inglés tenemos la palabra location. En portugués conserva la misma forma existente en el castellano y en italiano luogo. Y aunque estas formas parecen derivar del latín locum, una más, los topónimos ligures más antiguos posiblemente indican anteriores y profundas raíces para un vocablo original) donde los cuervos pudiesen devorar sus cadáveres. Los santuarios asociados al culto ligur solían situarse al lado o encima de montes cónicos, ya que este tipo de montañas equivalen a pirámides, túmulos y a todas aquellas estructuras representativas del montículo primigenio. Al final, Lug derivó en un dios solar fecundante que los cristianos asimilarían y transformarían en San Lorenzo. La misma suerte correrían sus santuarios, fueron sustituidos por ermitas e iglesias dedicadas a este santo; regularmente se alinean con el solsticio de verano, o lo que es lo mismo, conservan los vestigios de un viejo culto pagano al Sol. Algunos de los santuarios europeos ligures pasaron por una etapa intermedia antes de ser cristianizados. El culto a Lug se substituyó durante algún tiempo por otros dioses venidos por mar a bordo de los navíos de los comerciantes mediterráneos de la época; fueron los Isis, Mitra, Osiris, Inmhotep, etc. En Paris tenemos el ejemplo de Lutetia (una forma femenina), un enclave donde se instauró un templo a Isis en el lugar que ahora ocupa la iglesia de Saint-Sulpice. Pero el equivalente femenino más conocido del gran Lug es su esposa Lusina con quien completaría el binomio Sol-Luna, posiblemente estos astros llevaron sus nombres. Todavía llamamos así al astro nocturno, con un diminutivo de Lusina. Y por el otro lado conservamos la expresión “como cae el Lorenzo” cuando el Sol aprieta más de la cuenta, claro vínculo entre el santo –antes dios– y el astro rey.   Apuntando al cielo En mi opinión todos estos dioses resuenan bajo el influjo del mismo arquetipo, se trate de An, Anubis, Nommo o Lug, representan una única analogía –el liderazgo divino– con diferentes nombres. En otras palabras, son los mismos perros con distintos collares. Dejando la tradición europea occidental a un lado porque se ha desvanecido casi en su totalidad, vamos a recapitular brevemente. Tenemos dioses perros –que mal suena esto en el presente– moradores de otros mundos, ejerciendo de guías y “padres” de la humanidad. ¿Qué otra cosa muy relevante tienen en común? Pues que muchas veces se nos muestran en contextos astronómicos recibiendo culto astral. Por regla general las divinidades de los pueblos primitivos siempre se vinculan con la naturaleza, a través de un proceso lógico de asociación de elementos y características afines. Sumerios, egipcios y dogones no se separan de esta línea de pensamiento y asociación, su cultura y mitología reflejan el mundo que les rodea, pero en ocasiones la conjugan con elementos astronómicos –que también los rodean, aunque estén en las alturas–. Son pueblos que alzaron su mirada al cielo nutriendo sus religiones con mitos estelares. Si bien algunos de ellos se pueden explicar o encasillar dentro de un marco etnológico, hay otros que definen movimientos y posiciones de astros muy concretos (la mitología griega está sembrada de los dos tipos, pero los griegos se extendieron tanto en ella que no siempre se puede recomponer un contexto acertado con una esencia tan diluida y ramificada). Durante milenios las estrellas distintivas de los antiguos dioses líderes (inicialmente cánidos) han encerrado claves increíbles que detentan una gran sorpresa ¿un regalo del cielo tal vez? Lo podríamos llamar así ¿no? Además, no tenemos que buscar muy lejos, basta con dar un breve paseíllo sin sobrepasar los límites de nuestro Sistema Solar… La respuesta aguarda a buen recaudo en la siguiente entrega de esta serie de Expediente Nibiru.   Extra I: SERES ASTRALES; MAESTROS EN LA TIERRA Entrevista en Diario de Avisos con Samuel García Barrajón, autor de “Nibiru. Si no existe habrá que inventarlo” Publicado en: http://www.diariodeavisos.com/2013/04/seres-astrales-maestros-en-tierra/  Por Juanca Romero Hasmen Llamativas cuando menos, resultan las hipótesis que desde hace muchas décadas, plantean la posibilidad de que la creación humana no haya sido cosa divina, y si algo más próximo a la mano de alguna entidad de origen alienígena. Entre estos llamativos planteamientos, encontramos posibilidades dispares entre las que parece destaca la que plantea la posibilidad de que supuestas deidades superiores venidas desde algún punto del universo hayan llegado a nuestro planeta hace varios milenios y depositaran sus conocimientos entre los seres humanos. ¿Ciencia ficción?, ¿las respuestas están en la llamada astro-arqueología?, ¿realmente hay fundamentos para aseverar algo así de impresionante? Esta semana tuve la ocasión de entrevistarme con el escritor valenciano Samuel García Barrajón, autor del libro Nibiru, si no existe, habrá que inventarlo. Con él, nos adentramos en estas y otras cuestiones. - ¿Qué significa Nibiru? “Nibiru se traduce como “el que cruza” o “el del lugar de cruce”. Se trata de un astro cuyas referencias podemos encontrar en diversos textos de corte astronómico dentro del entorno arqueológico del Próximo Oriente, de Mesopotamia. Y como su nombre indica, me invita a pensar que mediante su trayectoria celeste, “cruzaría” la eclíptica del mismo modo que lo haría un cometa. Pero lo curioso es la inusitada importancia de la que gozaba, pues se podría decir que era “el astro”, y esta rareza de considerar a un astro por encima del resto, se repite en otros emplazamientos como el Antiguo Egipto y el territorio dogón. En éste, además, se asegura que desde dicho astro partió un “arca resplandeciente” que llegó a tomar tierra y en cuyo seno viajaban unos extraños seres llamados nommos, mitad pez mitad humanos, cuyo recuerdo pervive dentro de sus tradiciones como “dioses instructores”. Con lo cual, si esto fuera cierto, incluso podríamos hablar de un hipotético planeta no catalogado dentro del Sistema Solar y capaz de albergar vida. En fin, tan increíble como intrigante”. - ¿A qué se refiere con la frase que acompaña el título de su libro “si no existe, habrá que inventarlo”? “Cuanto menos resulta curioso el lugar destacado que ocupa dicho cuerpo celeste dentro de las culturas señaladas. Si éste no estuviese, algunos puntos quedarían bastante oscuros y, para colmo, todavía no ha sido identificado satisfactoriamente. Pero es tal el “peso” del astro señalado además de significativo el número de referencias, que… más allá de lo que sea, cometa, planeta, etc., me cuesta imaginar que no se corresponda con algún astro real. Por lo tanto, si no existe habrá que inventarlo, sobre todo para no perderle el sentido a tradiciones que parecen más claras en la tradición Dogón”. - ¿Existen realmente pruebas sólidas que avalen la existencia de civilizaciones extraterrestres en nuestro planeta, algunos milenios atrás? “Tenemos relatos e historias que lo sugieren. Si bien estas tradiciones pueden basarse o no en un hecho real, la misma posibilidad de que así ocurriese, por muy reducida que sea, a mi entender resulta tan apasionante como para que se estudie y examine más a fondo. Qué duda cabe que encontrarnos cara a cara con unos hermanos cósmicos, que para más inri morarían en nuestro Sistema Solar, sería el acontecimiento más importante y determinante para el hombre moderno. Entonces… ¿por qué no buscarlas ahí afuera?” - ¿Considera que la astro-arqueología es la hermana olvidada de las grandes investigaciones? “Cualquier investigación bien llevada acaba produciendo sus frutos y la astro-arqueología también lo podría hacer, es una lástima que no se aproveche. En ocasiones, detrás de antiguas construcciones hay un simbolismo estelar que se nos escapa, algunas veces relacionadas con estrellas y constelaciones como Sirio y Orión; ambas con un estrecho vínculo con las caras de Nibiru que me ido encontrando mientras lo perseguía”. - ¿Qué sentido tendría que estos seres extraterrestres vinieran a la Tierra y nos transmitieran conocimientos si con el paso de los siglos claramente todo se ha desvanecido? “De confirmarse algún día, yo pienso que lo que hubo fue más bien un encuentro con intercambio de impresiones sobre lo que aquella gente ya lejana les preocupaba, aunque seguro ¿quiénes somos? y ¿de dónde venimos? estaban entre ellas, igual que ¿quiénes sois y de donde venís? La tradición Dogón, aparte de conocimientos astronómicos, integra respuestas interesantes a estas cuestiones, respuestas que tienen paralelismos en algunos vestigios culturales del mundo egipcio y mesopotámico. Creo que el propósito de estos seres de venir aquí no fue el de establecer conocimientos, si no la curiosidad, como la que nosotros tendríamos de visitar otro mundo habitado”. - En su libro habla de grandes maestros estelares que visitaron nuestro planeta hace cinco milenios, ¿Y en la actualidad? “Bueno, esta es la etiqueta que les ha quedado colgada, pero probablemente sea exagerada por lo que he dicho antes. En el presente, aunque ciertos casos del fenómeno ovni u otros eventos similares parecen describir el mismo escenario, en el fondo devienen en algo distinto. Las antiguas “crónicas” describen que estos seres se mostraron abiertamente al mundo y yo no tengo noticia de que eso haya sucedido en la actualidad. Así que si ahora los hay no se trata de los mismos”. -¿Se puede relacionar la existencia y posterior desaparición de la hipotética Atlántida con estos dioses? “Indirectamente sí, pero sólo en el caso de su hundimiento. La Atlántida de Platón, la que yo conozco, habla de un pueblo navegante que dominaba a medio mundo, porque esta era su ventaja sobre el resto, la navegación y todo lo que supondría hace 11 o 12 mil años; incluso algunos estudios señalan que alguien navegaba por el Mediterráneo por el 15.000 a.C. Pero, a mi modo de entender, los atlantes nada tienen que ver con estos dioses estelares. Sin embargo, parece ser que el astro de donde “provenían” los últimos, cada vez que aparece en el cielo coincide con grandes episodios de lluvia, como el que hizo desaparecer a la Atlántida. Sin duda, otra interesante cuestión sobre la que he gustado de extenderme en el libro”. - ¿Ha sido el Antiguo Egipto y su desarrollo tecnológico y cultural el máximo exponente de la maestría astral sobre el ser humano? “Intuyo que no. Todo lo que hay en Egipto parece ser cosas hechas por y para los humanos, si bien todavía quedan detalles por explicar y mucho que descubrir e investigar. En Egipto son varios elementos que podrían reflejar el conocimiento custodiado sobre “el astro de los dioses”; un cuerpo celeste muy especial que posiblemente resultó visible justo en las primeras etapas del imperio faraónico, y después, sería absorbido por esta fascinante y mágica civilización que, dicho sea de paso, se llevó el secreto a la tumba”. Gracias por haber dedicado parte de su tiempo a los lectores de Diario de Avisos.  Extra II: Entrevista sobre las paleovisitas en E-nigmas Publicado en: http://e-nigmas.com/ Por Darío Alberto Fernández * Comencemos por conocerte. ¿Quién es Samuel García Barrajón? Disfruto de ser una persona curiosa que además de hacerse preguntas a todas horas, también busca y plantea respuestas. En este sentido me siento un buscador, y no concibo la vida de otro modo que no sea en un continuo aprendizaje y evolución...  Casi cualquier tipo de conocimiento termina por atraparme, pero son los enigmas del cosmos y las antiguas civilizaciones los que más me fascinan de este extraño y maravilloso mundo en que nos ha tocado vivir. Adoro la tranquilidad en casa y prefiero la acción cuando estoy al aire libre. Tengo un perro de raza boxer casi tan feo como yo... y bueno, también mis virtudes y defectos con buenos y malos momentos al igual que el resto de los mortales.  * Tú crees en las teorías de las paleo-visitas extraterrestres… ¿Cómo llegaste a esas teorías?  La verdad es que yo ni creo ni niego. Los casos de paleocontacto que investigo no son ningún invento, aunque estas historias hayan sido metidas en el confuso y extenso saco de la "mitología" donde todo cabe y lo que no se puede explicar satisfactoriamente también.  Una de las cosas que más me llama la atención en este contexto, es que tanto en distintos lugares del mundo como en diferentes épocas se hable del mismo evento. De ese supuesto o hipotético, y famoso desde los tiempos de Däniken, encuentro de nuestros antepasados con seres de otros mundos, que para más inri presenta las mismas características con demasiada frecuencia. Entonces, cabe la posibilidad de que algún hecho real se esconda detrás de las narraciones que así lo describen desde tiempos inmemoriales. A ello tenemos que añadir otro detalle significativo que hasta ahora se había pasado por alto y que yo recojo en mis libros; y es que los pasos de apkallus, nommos y shemsu-hor entre otros seres que bajaron del cielo según los antiguos, nos conducen directamente a un astro desconocido que formaría parte del sistema solar y cuyo nombre es Nibiru en versión sumeria. Así que más fácil ya no lo podemos tener a partir de este momento; localicémoslo y comprobemos si verdaderamente es un planeta y está habitado o... por el contrario esos dioses instructores del pasado fueron sólo ciencia-ficción. * Has escrito el libro “NIbirú: si no existe habrá que inventarlo”, y es más que interesante. ¿Podrías hacernos un pequeño resumen de él?   Se llama "NIBIRU" y está repleto hasta la saciedad de enigmas y misterios, alguno de los cuales incluso resuelvo o trato de dar una explicación factible, como lo son el juego de la oca, diversos símbolos ancestrales, dioses instructores, las pirámides de Egipto, la esfinge de Gizhé, el zodíaco de Dendera, la Atlántida, Nibiru, el diluvio universal, etc. Y bueno, en este libro de pura investigación, todos ellos se confabulan para echar luz en mayor o menor cantidad acerca del mismo Nibiru; una especie de astro sagrado más importante que ningún otro y que tiene una relación muy estrecha con los dioses del pasado, pues algunas versiones señalan que provenían de allí. En mi opinión recibe también otros nombres como Horus de la duat en el antiguo Egipto e Ie Pelu Tolo en el país Dogon, ambos considerados algo así como "la estrella de los dioses" y... os podéis imaginar el porqué. * ¿Qué fue lo que te impulso a escribirlo? Realmente no lo sé, pero creo que fue algo que llevaba dentro y de pronto salió cuando se dieron las circunstancias, como una semilla que germina cuando las condiciones son favorables. Del mismo modo deseaba expresar mis inquietudes e ideas y he tenido el gusto de hacerlo a través de un libro. Quizá otros soportes hubieran resultado más dinámicos como los videos y los audios o incluso escribir artículos, pero un libro proporciona espacio y tiempo suficientes para poder abordar un tema con tantas interrelaciones e implicaciones y de forma extensa y bien explicada de una sola vez, lo cual me agradó. * ¿Cuánto tiempo te llevo escribirlo?  Sólo escribirlo y prepararlo para la publicación, inclusive esta... casi tres años. No obstante dicha etapa es la culminación, incluida en una mayor de siete, en la que al principio todos estos temas enigmáticos aparecieron como un mero hobbie y gradualmente se fueron convirtiendo en una forma de entender la vida, pues... ¿qué es la vida sino misterio en estado puro? * Estás planeando escribir algún otro libro? En realidad nunca paro. Sin lugar a dudas todavía queda mucho que investigar, contar y averiguar acerca de las paleovisitas y otros enigmas y misterios de cantidad de antiguas culturas y civilizaciones que siguen sin resolver aguardando una respuesta. Respuesta que... tarde o temprano siempre llega si uno se lo pregunta y luego se pone a ello. * ¿Quién era Oannés?  Sobre todo un tío muy raro, ja, ja ,ja. Oannés es el protagonista de una de las historias más fascinantes del mundo antiguo, de entre las que presentan la llegada de seres de otros mundos a la Tierra... desde el cielo. Oannés forma parte de un grupo de seres denominados apkallus, un término que significa muy inteligentes, una especie de de dioses instructores, poco agraciados por cierto, que la tradición sumeria tenía por criaturas de carne y hueso al contrario que otros de sus dioses. Su aspecto era de mitad pez mitad humano, y habrían contactado con los hombres justo en los inicios de la civilización, hace más de 5000 años. A pesar de todo, todavía en tiempos de Beroso y Alejandro Magno e incluso después, se les seguía representando fielmente en los templos mesopotámicos como la pieza clave de su propia historia, la de su nación.   * Según tu teoría… ¿los Anunnaki y los Apkallus, son los mismos seres? Anunnaki es una palabra muy recurrente que últimamente se utiliza con demasiada soltura y, aunque los apkallus están ciertamente encasillados como un subconjunto de estos, no son lo mismo ni se parecen. A lo mejor una comparación puede ayudar a ver mejor la diferencia entre unos y otros. Y me remitiré a otro caso de posibles paleovisitas, la que tenemos en el universo Hopi de Norteamérica. Igualmente estos describen un encuentro en el pasado con seres llegados de las estrellas y los llaman kachinas. Sin embargo la palabra citada va mucho más allá de referirse tan sólo a los visitantes porque "kachina" lo usan del mismo modo para aludir a los "escudos voladores" con los que llegaron, ciertas estrellas como por ejemplo Sirio, también unos tipos de muñecas específicos e incluso hace referencia igualmente a varios espíritus de la naturaleza. Y eso es porque "kachina" se aplica a todo aquello vinculado con lo sagrado, dioses instructores incluidos. En el caso de los anunnaki sucede algo similar, el mismo concepto se utiliza para diferentes entidades, ya sean personificaciones de astros, dioses creadores que no son otra cosa que personajes inventados para explicar cosas, o también para los apkallus. Pero solamente de estos últimos, muy a pesar de lo que se crea o se haya dicho, tenemos una auténtica referencia documental del pasado, de su procedencia celeste, con los pocos fragmentos de texto que han sobrevivido referentes a la raza de Oannés. En contraposición no sucede así con los anunnakis.    * ¿Cuál fue el motivo por el que llegaron en primer lugar? A mi juicio esa respuesta no la tenemos aun considerando el caso de que hubiese sido así. Lo que sí es incontestable es que han sido recordados como sabios o entidades que nos trajeron conocimientos. Pero cuidado, no debemos de precipitarnos en sacar conclusiones del detalle. Porque si por ejemplo, alguien del mundo civilizado entrara en contacto con una de las ya escasas tribus que se mantienen al margen de la civilización moderna y… qué se yo, les enseñara a cultivar arroz, por decir algo, y esto resultara útil para la prosperidad de la comunidad, pues... qué duda cabe que esta persona ajena sería recordada como alguien que tenia y regaló conocimientos. Y eso no significaría que este fuera su auténtico propósito, pues inicialmente podría haberse perdido o mil cosas más antes de establecer contacto con los miembros de la tribu. ¿Entienden? Con todo, si tengo que aventurar algo, yo diría que ese motivo pudo ser en un primer momento la curiosidad. Desde luego que si yo descubriese otro planeta habitado que no sea el mío, y tuviese la oportunidad, sólo por curiosidad o exploración ya iría por ver lo que pueda haber por allí.  * Y… ¿cuáles son tus próximos pasos? ¿seguirás investigando?  Por supuesto, cuando el misterio y la investigación te pican ya no te puedes escapar... eres víctima. Tengo muchas ganas de seguir por este sendero, pues es algo de lo que disfruto plenamente y me llena de satisfacción; así que... ahí estaremos, investigando, contando y escribiendo cuanto podamos. Próximamente participaré en un documental sobre vida extraterrestre que se publicará en abierto para todo el mundo. También seguiremos colaborando con los amigos de La Rueda Del Misterio con esas extraordinarias tertulias que solamente pueden darse en ese cálido y cercano ambiente tan especial que consiguen en cada programa. Y además tenemos mucho que hacer aquí en esta casa todavía, en Phenomena Magazine en español, porque acaba de nacer y hay que cuidarla bien para que crezca fuerte, sana y feliz. En fin, creo que no nos vamos a aburrir.

El códice ovni: toda la verdad sobre los alienígenas ancestrales o antiguos astronautas y las paleovisitas

El Códice Ovni de los antiguos astronautas

Este es un libro fundamental para desentrañar dicho misterio, el de los antiguos astronautas. Y es que estos monumentos se encuentran entre las piezas más enigmáticas de una época recóndita de la Historia y a menudo plagada de lagunas que se resolverían fácilmente si tenemos en cuenta la hipótesis de paleocontacto.

Si bien la teoría de los antiguos astronautas o alienígenas ancestrales comenzó a ser difundida a mediados de la década de los cincuenta, no ha sido hasta hoy cuando hemos podido sostener pruebas contundentes, que son precisamente las que se exponen en la obra. Esta teoría sostiene que en la antigüedad hubo unos visitantes extraterrestres que de hecho fueron los artífices de dichas construcciones y que, además, sirvieron de inspiración para las deidades en las que dichos pueblos creían.

El libro sostiene muy sagazmente que ciertos artefactos, dispositivos y construcciones requerían una pericia y un conocimiento tecnológico muy superiores a los que cabría esperar en dichas civilizaciones. En efecto, se nos ilustra sobre cómo algunos “visitantes” pudieron haber venido de tierras lejanas con el propósito de diseminar y dirigir la vida en nuestro planeta con la intención de extenderla y preservarla. Esta teoría es también defendida nada más y nada menos que por Francis Crick, descubridor de la estructura de doble hélice del ADN.

Aquellos divinos arquitectos y visitantes de las estrellas provocaron, en fin, con sus hazañas, el culto de unos humanos que ciertamente debieron tomarles por seres de una inteligencia superior, y en ellos se inspiraron para hacer las representaciones de dioses como Osiris. Numerosos testimonios bíblicos como Ezequiel o el propio Génesis nos dan cuenta de cómo hubo una comunión entre los dioses y los humanos de la que estos tomaron la forma, los ritos y la intención de adorar a aquellos como formas superiores, es decir, hubo comunicación e inspiración entre ellos.

La teoría de los antiguos astronautas cuenta con Erich Von Däniken, Giorgio A. Tsoukalos y Linda Moulton entre muchos otros, todos ellos obligados a lidiar con la teoría académica y su dominio absolutamente dictatorial sobre el pensamiento global. Contra todos los grupos de poder que operan sobre el consciente y el inconsciente colectivo, esta teoría y la verdad ganan cada vez más adeptos.

Existe un gran vacío histórico e historiográfico de un periodo tan remoto como la Antigüedad, que es ni más ni menos que el principio de todas las culturas humanas, y a la vez el de mayor importancia. El mayor misterio, averiguar cómo surgió la civilización y sobre todo cómo unos seres tan humildes como los primeros humanos organizados pudieron llevar a cabo las tareas de las que venimos hablando.

Qué explica este libro de paleocontacto

El libro “El Códice Ovni” explica cómo pudo suceder el transporte de dichos visitantes o cómo la mayoría de culturas poseen en su imaginario menciones a contactos con “seres venidos de las estrellas”.

Definitivamente, son muchas las pruebas que podemos aportar en favor de esta teoría; sin embargo, son también muchos los interrogantes que nos asaltan cuando reflexionamos sobre ello.

Con la intención de despejar tus dudas, que las tendrás, y alimentar tu interés sobre un aspecto tan crucial de la Historia de las civilizaciones, debes leer la obra “El Códice Ovni. Paleocontacto”, un trabajo rigurosamente serio, documentado y profuso en cuanto a pruebas e información sobre el tema. Este texto te desvelará todos los misterios en torno al tema, pero por encima de todo debe servirte para contestar a las que quizás sean las dos mayores preguntas de nuestra existencia: ¿de dónde venimos? y ¿quiénes somos?

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