SEKHMET Y LA ERA OSCURA DE EGIPTO

El reinado de Amenofis III cubrió casi cuatro décadas de gloria, refinamiento artístico y también oscuridad. Pero existe una laguna de siete años de la que no hay registro de acontecimiento alguno. ¿Fue el azar el causante de este misterioso vacío o quizás estamos ante una de las etapas más sombrías de la historia de Egipto? La proliferación de estatuas de la diosa leona Sekhmet podría tener la clave a tan oscuro secreto.
Nacho Ares

Amenofis III, padre de Amenofis IV –conocido como Akhenatón y llamado el Faraón Hereje por los egiptólogos modernos–, reinó en Egipto entre los años 1386 y 1349 a. C. De esos 38 años de gobierno hay muchos datos de sus campañas militares, relaciones exteriores, construcción de edificios o celebración de festivales religiosos en los que revitalizaba su poder sagrado. Sin embargo, nada sabemos de lo que sucedió entre los años 12 y 19. Ni un solo texto o referencia ayuda a los historiadores a reconstruir lo que ocurrió durante los siete años más oscuros de la historia de Egipto.

Los arqueólogos cuentan con evidencias indirectas que nos hablan de un momento de convulsión generalizada dentro del país, una época desestabilizadora de la que los antiguos sacerdotes no quisieron dejar registro en sus anales para que no quedara constancia de ello en la Historia. ¿En dónde nace el miedo a los siete años perdidos de la historia faraónica?

INVASIONES, TERREMOTOS…
La egiptóloga estadounidense Arielle P. Kozloff (Museo de Arte de Cleveland), reputada experta en la figura de Amenofis III, propone algunas causas para justificar la ausencia total de documentos en este misterioso periodo que, como decimos, abarcó siete años. Debido al carácter mágico de la escritura, gracias al cual lo que se escribía cobraba vida automáticamente, los egipcios nunca dejaban constancia de derrotas militares o de acontecimientos negativos. Nunca encontraremos un texto egipcio que hable de una debacle en el campo de batalla. De ser así, el trasfondo mágico de la escritura haría que ese acontecimiento se repitiera durante toda la eternidad. Así pues, algo terriblemente maléfico debió de suceder en esos años para que no haya llegado hasta nosotros mención alguna a aquellos sucesos.

Kozloff, dejando de lado la existencia de una invasión extranjera, habla en primer lugar de un posible terremoto de consecuencias devastadoras. Sin embargo, los sismólogos han detectado solamente un temblor importante en el año 1211 a. C., es decir, más de un siglo después del reinado de Amenofis III. En aquella ocasión el templo de Karnak sufrió grandes daños provocando seguramente incendios en muchas casas de la ciudad de Tebas.

Descartando esta segunda posibilidad, solamente queda una tercera opción, contrastada por varias fuentes contemporáneas en otros puntos de Oriente Próximo: la peste.

Un texto autobiográfico de Amenhotep Hijo de Hapu, uno de los escribas más destacados de la administración de Amenofis III que tiempo después sería incluso divinizado, nos habla de cómo el faraón le mandó hacer un censo de los sacerdotes que había en el gran templo de Amón, en Karnak, y reponer los cargos que faltaban «después de […] en toda la tierra de Egipto». La laguna del texto es clara. Alguien borró la causa de la desaparición de los sacerdotes, por los motivos mágicos que antes explicábamos. ¿Se está refiriendo Amenhotep Hijo de Hapu a una terrible plaga que, como en la Biblia, consiguió aniquilar a muchos de los sacerdotes del templo de Amón, al igual que en otros centros religiosos de Egipto? Así pudo ser. Una carta enviada por Akhenatón al rey de Babilona, Burna- buriash, menciona la existencia de una terrible epidemia durante el reinado de su padre. Según varios investigadores, ésta podría ser la explicación a la abundancia de estatuas de la diosa Sekhmet durante la segunda mitad del reinado de Amenofis III. La divinidad leonina, transformación belicosa de la dócil Hathor, e hija de Ra y esposa de Ptah, el dios creador de Menfis, era la encarnación de la guerra, pero también la protectora contra las enfermedades y las plagas.

De lo que no cabe duda es de que algo sucedió en Egipto a mediados del siglo XIV antes de nuestra era. De ahí que se fabricaran, casi en serie, de forma muy rápida, cientos de estatuas sedentes de la diosa Sekhmet, al objeto de ser colocadas en diferentes avenidas de templos tanto en la orilla occidental como en la oriental de Tebas.

De casi el doble del tamaño natural, estas estatuas de granito negro de la diosa son superiores en número a todas las estatuas juntas del propio faraón y del resto de divinidades esculpidas durante su reinado. La leona aparece sentada, con más de 2 metros de altura y con un porte severo que nos acerca el misterioso arquetipo divino que se esconde tras la hija de Ra.

Muchas de las esculturas cuentan solamente con el nombre de un pueblo o ciudad que, literalmente, han desaparecido de la faz de la tierra, sin dejar más recuerdo en los anales de la Historia. Sólo los conocemos, precisamente, por esa mención en las estatuas de la diosa Sekhmet.

Si hacemos memoria y buscamos un paralelo igual de dantesco en la historia más reciente, descubrimos algo parecido en la Edad Media, cuando la peste negra arrasó para siempre a miles de poblaciones en toda Europa, casi de la noche a la mañana.

UNA EPIDEMIA TRAS OTRA
Las evidencias son muy escasas, pero aún podemos reconstruir qué es lo que pasó en esos años de la era oscura de Amenofis III. El devastador descenso de la población pudo deberse no sólo a una epidemia, sino a una suma de ellas en el mismo tramo de tiempo. Entre los posibles azotes endémicos que se han propuesto para explicar el vacío, se encuentra, aunque con pocas posibilidades, la malaria. También se ha sugerido la viruela. Tucídides nos habla de la muerte de 1.500 hombres de un ejército de 4.000 soldados en apenas 40 días, en una epidemia de viruela acaecida en el siglo V a. C. en Atenas. Sin embargo, la patología que más posibilidades tiene de ser la causa de la elevadísima mortandad de este periodo es la peste bubónica. Evidencias arqueológicas de su presencia en la ciudad de Akhetatón, la nueva capital levantada por el hijo de Amenofis III en el centro del país, demuestran la presencia de esta enfermedad. Transmitida por las ratas, el bacilo que la genera –Yersinia pestis– se extiende con una inusitada rapidez.

Se calcula que sólo con 20 ratas portadoras de la enfermedad se podría acabar con varios miles de seres humanos.

Precisamente el cambio de capital en el quinto año de reinado de Akhenatón, el abandono de la clásica Tebas, la capital de Amón en favor de una nueva ciudad en medio de la nada en el centro del país, se ha tomado como una de las consecuencias de la peste. De hecho, parece que el Faraón Hereje, además de escapar del todopoderoso clero de Amón, también huía de la enfermedad apostada en el sur del país. Pero hay más datos en favor de esta causa. No deja de ser curioso que Amenofis III trasladara también su vivienda habitual de Tebas de la orilla este, el lugar en donde residían los vivos, a la occidental, el punto en donde estaban las necrópolis y la puerta al más allá. El palacio de Malkata, la nueva residencia de Amenofis III, es todo un unicum en la historia de Egipto. Ningún faraón había levantado un palacio en la orilla de los muertos. ¿En verdad huyó de la peste que avanzaba de forma espeluznante en el lado contrario del Nilo?

Para un buen número de egiptólogos, ésta sería la causa por la que el propio rey levantó junto a su templo funerario enormes avenidas de estatuas de la diosa Sekhmet, a modo de amuletos para proteger los espacios por los que deambulaba el faraón.

Todos estos cambios vienen a confirmarse con un texto de Manetón, un sacerdote egipcio que escribió en el siglo III a. C. una historia de Egipto que ha llegado muy fragmentada hasta nosotros y que nos habla de las plagas sufridas durante el reinado de un rey llamado, sin más, «Amenofis» (Man. Aegyptiaca Fr. 54).

UNIVERSO MÁGICO
Se ha calculado que en las avenidas erigidas por Amenofis III había un total de 730 figuras de la diosa leona. La mitad de ellas estaría dedicada a un día del año y la otra mitad a las correspondientes noches. Como hija de Ra, Sekhmet desempeñó un papel crucial en el mundo mágico-astronómico de los antiguos egipcios. La egiptóloga Betsy Brian (Johns Hopkins University,en Baltimore) ha señalado que la presencia de estas avenidas, al igual que las hay con otras divinidades que podemos encontrar en ambas orillas durante la segunda mitad del reinado de Amenofis III, está reconstruyendo los caminos del cielo reflejados en la Tierra; como si el faraón hubiese querido traer la geografía celeste, con todo su significado mágico, a la Tierra y emplear las avenidas como senderos celestes durante las celebraciones religiosas. En este sentido, el papel de la diosa Sekhmet como divinidad aplacadora de pestes y epidemias era de vital importancia. El clero, identificado con la diosa leona, pasaba por ser una clase elitista de médicos y magos curanderos, a los que se recurría cada vez que un espíritu asolaba las entrañas de una persona. El paso del tiempo y la especulación teológica de los antiguos sacerdotes hizo que Sekhmet adoptara atributos que otras divinidades femeninas habían ostentado antes que ella. El nombre de Gran Maga, un título que siempre había lucido la diosa Isis, pasa en esta época a ser también uno de los atributos más comunes de Sekhmet, con todo lo que ello implicaba.

Para los antiguos egipcios, la magia y fuerza de Sekhmet triunfaron en su lucha contra las adversidades que el destino les había dejado en medio del camino. No registraron nada de lo que sucedió en esos siete años del reinado de Amenofis III y hoy no podemos saber lo que aconteció. La poderosa magia de los sacerdotes de la diosa leona, una vez más, tuvo éxito. No debemos darle más vueltas. Entre los años 12 y 19 del reinado de Amenofis III no hubo nada oscuro; sencillamente, esos años nunca existieron…

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